“Mas como viese Sara que el hijo de Agar la egipcia se burlaba de su hijo Isaac y le perseguía, dijo a Abraham: Echa fuera a esta esclava y a su hijo: que no ha de ser el hijo de la esclava heredero con mi hijo Isaac”. (Gen. 21, 9-10)
Tenemos a dos hijos de Abraham, uno es Ismael, hijo de la esclava, es decir, hijo de la carne, que persigue a Isaac, al hijo legítimo de Abraham, hijo de la mujer libre, descendencia directa de Dios, nacido por el querer de Dios. Ambos son hijos de Abraham. El uno es hijo de la carne, el otro es hijo de la gracia, es decir, de la fe.
A Abraham le pareció dura esta demanda de su mujer Sara, tratándose también de un hijo suyo, pero Dios le dijo:
“No te parezca cosa recia lo que se te ha propuesto acerca de ese muchacho y de la madre esclava tuya: haz todo lo que Sara te dirá: porque Isaac es por cuya línea ha de permanecer el nombre de tu descendencia. Bien que aun al hijo de la esclava Yo lo haré padre de un pueblo grande, por ser sangre tuya” (Gen. 21, 12)
No quiere Dios que los hijos de Dios, los hijos de la luz, los que pertenecen al Israel verdadero, la Iglesia instituida por Cristo, se mezclen con las costumbres carnales de los hijos de las tinieblas, esclavos de sus pasiones y perseguidores de los buenos. Como dice el libro del Génesis: el hijo de la esclava perseguía al hijo de la libre. Y Sara, que es símbolo de maternidad de la Santísima Virgen, pide a su Hijo Dios que no permita que esa peligrosa comunicación fraternal, termine con el verdadero espíritu de los hijos de Dios.
Abraham obedeció al Señor y siguió el consejo de Sara. Despidió a Agar y a su hijo con una hogaza de pan y un odre lleno de agua. Más tarde, Ismael se casó con una mujer pagana, escogida por su madre, que también era pagana. A la muerte de Abraham, volvió para ayudar a su hermanastro Isaac a enterrarle. Vivió hasta una edad muy avanzada como patriarca de numerosas tribus regidas por sus hijos, por lo que se le considera el padre de todos los árabes o ismaelitas. En cuanto a Isaac, se convirtió, a través de su hijo Jacob, en padre del pueblo de Israel.
Tal es el origen de la larga enemistad entre el pueblo árabe y el pueblo judío. Una enemistad que no tiene nada que ver con el antisemitismo, pues tanto los árabes como los judíos son semitas. Lo que está claro es que los hijos de la carne perseguirán a los hijos de la fe.
NO ES LO MISMO SER ÁRABE QUE MUSULMÁN
Los hijos de la media luna perseguirán a los hijos de la cruz. Pero conviene no confundir a los hijos de la media luna con los árabes. Las palabras “árabe” y “musulmán” se usan alternativamente como sinónimos, como si fuera lo mismo, y no lo son. Esta confusión es un craso error y de él se desprenden muchos otros, algunos peligrosos, que conviene evitar con una mayor precisión en el lenguaje.
Los árabes son una raza, la rama semítica de la raza blanca, y los musulmanes son seguidores de la religión fundada en el año 610 por Mahoma. Estas denominaciones son como dos discos secantes que tienen unas partes superpuestas, y otras no. Ni todos los árabes son musulmanes, ni todos los musulmanes son árabes. Hay personas de raza árabe que son cristianas, mayormente en Siria y Líbano (maronitas), y en Egipto (coptos). Y hay personas de otras razas distintas de la árabe que son, o se hacen, musulmanas, no sólo en Arabia, sino en Norteamérica, en Pakistán, en Filipinas, en Palestina, Persia, Siria, Bulgaria, Turquía, Egipto y en España, que se alistan a las filas del terrorismo y forman el llamado gran mosaico panislámico.
LA MECA, MAHOMA Y LA RELIGIÓN DEL ISLAM
La Meca era una ciudad santa para los árabes, pues según una antigua tradición, el templo que allí existía, la Kaaba, había sido construido por Abraham, padre común de árabes y judíos.
La Kaaba, a los ojos de bastantes árabes, había sido profanada, pues en ella se adoraban numerosos ídolos. Así pensaba también Mahoma, que a la edad de cuarenta años, durante el mes de Ramadán, se retiró a una cueva. ¿Tuvo realmente en ella como dicen una serie de visiones y revelaciones? Mahoma aseguraba que el arcángel Gabriel, enviado por Dios (Allah) le había dictado el Corán. ¿Fue Dios por medio del Ángel Gabriel para salvar a esos pueblos del paganismo? ¿Fue el demonio que se transformó en Ángel de Luz? ¿Se lo inventó todo Mahoma? ¿Empezó siendo la revelación verdadera, pero el demonio lo desvió por el camino de la soberbia, haciéndolo caer en el pecado y confundiendo después Mahoma la luz con las tiniebla?
El Corán tiene cuarenta suras (unas cuatrocientas páginas). Parte del mismo está formado por diversos pasajes del Antiguo testamento y parte del Nuevo, aunque alterados de forma clara. Mahoma tomó de la Ley de Moisés la circuncisión y el rechazo de los alimentos puros. Jesús, hijo de María, es considerado como un buen profeta, pero no el Hijo de Dios.
Esta religión, fundada por Mahoma, recibió el nombre de Islam, que significa rendición o sometimiento a Dios.
De un monoteísmo a ultranza, el islamismo considera la idea cristiana de la Santísima Trinidad como uno de los mayores pecados de idolatría que existe, burdo politeísmo. También consideran que la veneración de imágenes o reliquias es pura idolatría, pues confunde la veneración con la adoración, sólo debida a Dios.
Para los integrantes del Islam, la nueva religión recibida por Mahoma debe ser extendida. Veamos algunas cosas que dice el Corán:
“Mirad, Allah ama a los que combaten por su causa en apretadas filas, formando una sólida estructura...”
“Los que luchen siguiendo el camino de Allah, tanto si mueren como si alcanzan la victoria, serán recompensados por Él con una vasta recompensa”
“Los que crean, que luchen por la causa de Allah...”
Parece ser que en una ocasión, un concreto clan de la Meca, el clan de los Koreish, organizaron una conspiración para asesinar a Mahoma, pero entonces él tuvo otra supuesta “revelación” –al menos así lo creyeron sus seguidores- en la que se les decía que debían luchar contra los que le perseguían “hasta que desaparezcan todos y no queden más que los que adoran a Allah”
Es evidente que esta segunda revelación no fue fruto de la gracia divina, suponiendo que la primera revelación del Ángel sí lo fuera, cosa no fácil de aceptar pues no podemos poner otro fundamento de salvación en la tierra que Cristo, y la forma de salvar del Señor es justo la contraria de la que Mahoma propuso. Cristo derramó Él mismo Su Sangre, fue mártir, pidiendo por los mismos perseguidores. Es así como Dios bendice, no matando sino muriendo, no quitando la injusticia con la guerra sino dándose por amor en rescate por todos. Es así como se salvan las almas y así es como se convierten los hijos de las tinieblas. “El que encuentra su vida la perderá, y el que la pierde por Mí la encontrará” (Mt. 10, 39)
A LA CONQUISTA DEL MUNDO ENTERO
A la oración básica de los judíos “Escucha Israel: El señor tu Dios es solamente Uno...” (Dt. 4, 1), los mahometanos añadieron una coletilla: “...y Mahoma es su profeta”. Ese lema y el de “¡Allah es grande”, se convirtieron en el grito de guerra específico del Islam. Porque los mahometanos querían también, como los cristianos, conquistar el mundo, pero no por la fuerza del amor, con la predicación y el ejemplo, sino a sangre y fuego.
Bajo el mando de los Califas, sucesores de Mahoma, el Islam empezó a moverse. Tras unir toda Arabia bajo el estandarte verde del profeta, las tropas del Califa Omar conquistaron Egipto, Palestina, Mesopotamia, Siria y Persia. Cuando Omar entro en Alejandría, sus hombres le preguntaron qué hacían con la gran biblioteca, la mayor del mundo, y el Califa respondió: “Si estos libros contienen lo que está escrito en el Corán son inútiles, y si no lo contienen están equivocados, por lo que son peligrosos...Quemadlos todos”. Así lo hicieron, dando al traste con uno de los mayores tesoros del espíritu, formado por miles y miles de manuscritos, que contenían más de veinte siglos de cultura y sabiduría.
Hacia el año 718, la casi totalidad de la Península Ibérica estaba en manos de los musulmanes. Entonces, el general árabe El Horr cruzó los Pirineos e invadió el Sur de Francia. La marea del Islam sólo se detuvo cuando Carlos Martel, general de los francos, derrotó al ejército de Abderramán en la decisiva batalla de Poitiers.
Casi al mismo tiempo, fracasaba también un segundo ataque musulmán a Constantinopla, con lo que el avance del Islam quedó frenado tanto en Oriente como en Occidente. La Cruz seguía alzada desde Gran Bretaña hasta Constantinopla, desde Alemania hasta el sur de Italia. La Media Luna se extendía desde los Pirineos hasta la India, pasando por el Norte de África, Arabia, Siria, Palestina, Mesopotamia y Persia. No deja de ser curioso –por esas casualidades que quizá no sean casuales- que la cristiandad, en el mapa, tuviese forma de cruz y el Islam de media Luna, o, si se quiere, de unas fauces abiertas que amenazaban con devorar una cristiandad a la defensiva. Una vez más Ismael perseguía a Isaac.
Tanto arraigó la fe predicada por Mahoma en los pueblos conquistados, que, con la excepción de España y Portugal -lo que no deja de ser un milagro de Dios Nuestro Señor realizado por medio del Apóstol Santiago- ninguno de ellos ha vuelto a abrazar el cristianismo. Las conversiones de musulmanes a la Fe de Cristo siguen siendo escasísimas.