viernes, 09 de noviembre de 2007
Cuando se va de Nazaret a Tiberiades, se encuentra un humilde pueblecito, llamado Kefr Kenna, a unos siete kilómetros de camino. Es la antigua Caná de Galilea, mencionada en el Evangelio de San Juan, capítulo 2.

La mención de este primer milagro de Jesús, de su autorevelación como Legado Divino, me sugiere el siguiente pensamiento. Para inaugurar su vida pública de taumaturgo, elige el Señor un modesto pueblecito de la humilde Galilea y el ambiente ingenuo de unas bodas lugareñas, al igual que antes había elegido Nazaret y Belén para su Encarnación y su posterior Nacimiento. Con esto nos enseña el Señor una vez más su amor a la humildad. Elige lo que no cuenta para el mundo, lo pequeño como Belén, o lo insignificante como Nazaret, para los grandes misterios de la Historia de nuestra salvación. Evita el Señor, al contrario que el mundo, cuanto pudiera parecer resonante y espectacular. La técnica de la propaganda disciplinada que quiere aplicarse al evangelio, y que está formada de recursos hábiles según la prudencia humana, falla una vez más en la vida del Redentor.

Es el primer pensamiento que me viene con la lectura de este primer milagro en Caná de Galilea. Ciertos técnicos de la propaganda quizá le hubieran aconsejado que comenzara los milagros en Jerusalén, cuando el concurso fuera mayor, y después de llamar la atención sobre sí con algo insólito y sugestivo. Pero nuestro Señor no venía al mundo para transportar los artificios mundanos al campo del evangelio, sino para transformar al mundo con el espíritu de humildad.
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El clamoreo es sin duda más moderno, pero la humildad es más divina. Y es menester poner de relieve que el triunfo del Evangelio no se debe a la eficacia de los medios humanos, sino a la virtud de Dios. ¡Dichosas las almas apostólicas que siguen los caminos de Jesús, desafiando los sofismas de la prudencia humana! Además de gobernarse por criterios de fe, verán para consuelo suyo, que en definitiva así es como consiguen los verdaderos frutos de su trabajo, aunque no llamen la atención con la hojarasca de exterioridades vacías.

JESUS Y MARIA INVITADOS EN UNAS BODAS

¿Por qué se encontraba en Caná la Santísima Virgen cuando llegó su divino Hijo? ¿Por qué fue invitado el Señor a las bodas?. ¿Quiénes eran los esposos? Ignoramos con certeza todas estas cosas. Podemos suponer de un modo general que los esposos eran parientes de Jesús y su Madre, pero no tenemos datos seguros para afirmarlo con rotundidad. La intervención de la Santísima Virgen, tanto en el darse cuenta de que faltaba vino, como en la forma señorial de hablar a los criados, supone una cierta familiaridad con los organizadores del evento. María ayudaba en el orden, servía poniendo líneas de actuación, que revelan cierta unión de amistad o de parentesco con la familia anfitriona.

El evangelista quiso recoger en sus páginas el milagro y la intervención esencial de la. Santísima Virgen en él. Lo demás, aunque desearía saberlo nuestra curiosidad, lo deja en la sombra.
NO TIENEN VINO

Las bodas solían tener toda la importancia de un acontecimiento público en las pequeñas ciudades de Palestina. Se celebraban con un ceremonial solemnísimo. Entendemos aquí por bodas el traslado de la esposa a la casa del esposo, y las fiestas que seguían al traslado. Sabido que es después de los esponsales, primera parte del matrimonio, la esposa permanecía largo tiempo en casa de su padres, separada del esposo. Un día fijado de antemano –si la desposada era una virgen solía ser un miércoles- era conducida ésta a casa de su esposo, con las ceremonias que vemos en la parábola de las diez vírgenes. Siete días seguidos se celebraban opíparos banquetes.

Ignoramos en cuál de estos días se presentó en Caná nuestro Señor con sus discípulos. Algo avanzadas debían de estar las fiestas cuando faltó el vino. Era esto una seria contrariedad. La Virgen Santísima lo supo y con delicadeza caritativa quiso remediar la falta. Le dolía que los esposos quedaran avergonzados. Tal vez la llegada de Jesús con algunos de sus discípulos (parece ser que fueron cinco) ocasionó al menos en parte aquella falta. Tal vez pensó nuestra Señora que aquella era buena ocasión para que Jesús, proveyendo de vino, ofreciera a los esposos el presente que solían ofrecerles los amigos e invitados.

La Virgen dijo: “No tienen vino”. Representó la necesidad con la segura confianza de que su Hijo divino se compadeciera de aquella familia y de que su compasión no sería estéril. La Virgen reza como oran las almas que conocen el amor misericordioso de Jesús. Sin retóricas inútiles, sin amplificaciones, sin palabrería. “Cuando oréis, dirá más tarde Jesús a los apóstoles, no parléis neciamente como los gentiles: porque piensan que por el mucho hablar suyo han de ser escuchados. Por tanto no os asemejéis a ellos, que vuestro Padre sabe lo que habéis menester antes de pedirlo” (Mt. 6, 5).

QUID MIHI ET TIBI

Jesús le contestó a su Madre. “Quid mihi et tibi, mujer? Aún no ha llegado mi hora”. Las palabras que he puesto en latín han dado ocasión a muchas interpretaciones, algunas bastante enmarañadas y desconcertantes.

Algunos las traducen así: ¿Qué tienes tú que ver conmigo, mujer? como si el Señor reprendiera a su Madre por semejante e inoportuna petición. Comencemos diciendo que las citadas palabras deben interpretarse de modo que no tengan el menor dejo de reprensión ni de aspereza. El Señor no pudo reprender ni con aspereza ni sin ella porque en las palabras de nuestra Señora no hay nada, ni en el contenido ni en la forma de expresión, que merezca represión. María es Inmaculada siempre, es decir, sin mancha alguna de pecado, ni pecado original ni personal, ni falta ni imperfección. Ni sombra de imperfección podemos admitir en la Madre de Dios. Teológicamente es inadmisible.

Empecemos diciendo que el vocativo mujer no significa aspereza ni despego. Es más bien de reverencia y honor. Se lo volverá a decir Jesús a su madre en la cruz: “Mujer, he ahí a tu hijo” Y lo mismo en el Apocalipsis. “Y apareció en el cielo una gran señal: Una mujer, vestida de sol.. (Apoc. 12). Está haciendo relación a la Nueva Eva, que es María.

Quid mihi et tibi es una frase hecha, que se usa frecuentemente en el lenguaje familiar para decir por qué razón o motivo. A la letra no dice más que esto: ¿Qué a ti y a mí?, pero no debe entenderse a la letra, como si Jesús estuviese frío y desinteresado por lo que pasara, sino como un porqué interrogativo. Sería algo así como ¿Por qué me dices eso? ¿Por qué me hablas así?..

Las palabras de su madre tocaron a Jesús de una manera especial, le pasó como con la cananea que padecía flujo de sangre. De Jesús salió virtud, fuerza… . ¿Por qué me dices eso?, ¿Por qué me hablas así, qué está ocurriendo dentro de Mí, si aún no ha llegado mi hora?.

¿Qué hora?, preguntará quizá alguno. Se refiere Jesús al momento decretado por el Padre para manifestarse como Mesías, como luz de Dios, para hacer su autorevelación.

Esta es la situación y lo que pasó. La oración de María tocó el corazón de Jesús, logrando que saliese de Él virtud. María sabía que la hora de Jesús era la hora de la fe, como dice el Padre Rodrigo Molina, L.D.. Y un acto de fe adelantó la hora de Jesús, y “sus discípulos creyeron en Él” (Jn. 2 , 11)

HACED LO QUE ÉL OS DIGA

El Padre Maldonado, S.I.. analizando este texto de la Sagrada Escritura, en concreto el citado mihi et tibi, dice lo siguiente:

Sospecho que Cristo deseó significar a la vez que no quería hacer milagros por miramientos humanos, que no obstante haría a su tiempo el que se le pedía.

Jesús, según comenta el padre Maldonado, a la vez que insinúa su propósito de hacer a su tiempo lo que su Madre le pide, alude a la voluntad de su Padre, a la cual subordina su vida entera. Es como si dijera: <>. Esa circunstancia que faltaba la entrevió con mirada certera Maldonado, siguiendo las huellas de algunos santos Padres.

Jesús quería que el milagro se hiciese en tales condiciones que todos lo conocieran y reconocieran para empezar a creer. Esas condiciones se cumplirían cuando 1º) fuera notoria la falta de vino y 2º) Que los criados intervinieran como testigos irrecusables del milagro.

Así lo entendió la Santísima Virgen y por eso, después de oír a su divino Hijo, se volvió a los criados y les dijo: “Haced lo que Él os diga”. Es decir: Cualquier cosa que os diga mi Hijo, hacedla. La Virgen quiso, con estas palabras, prevenir posibles extrañezas de los criados y probables resistencias. A prevenir esta dificultad fueron encaminadas sus palabras. Los criados debían colaborar, rendirse a la voluntad del Señor sin la menor obstinación, aunque no alcanzaran a entender la razón de lo que se les mandara. Esa es la misión maternal de María y una de las enseñanzas del capítulo de San Juan. Por un lado María muestra a Jesús nuestra necesidad, somos sólo agua, meros hombres como el viejo Adán, sin espíritu. No tenemos el vino nuevo de la gracia que sólo lo puede dar el Señor. Y por otro lado nos muestra a nosotros (que somos la nada), el camino para ir a Jesús, que es el Todo, pidiéndonos que nos rindamos a Él, que colaboremos en su plan, haciendo lo que nos pide sin contradecirle. De estas dos cosas depende nuestra felicidad y nuestra posterior salvación.

Un doctísimo comentador, Toledo, no temió escribir estas palabras: << Graves doctores afirman que Cristo, por la intercesión de su Madre, hizo el milagro más pronto que lo hubiera hecho. Así San Ambrosio, San Cirilo y el mismo San Juan Crisóstomo. Esto no se ha de entender como si quisieran decir que el milagro fue hecho antes de lo que (Cristo) había resuelto en su eterno decreto, pues ningún católico se hubiera atrevido a decir tal cosa, sino que lo hizo antes de lo que lo hubiera hecho si su Madre no se lo hubiera rogado; aunque también esto lo había dispuesto en su eterna providencia. Porque previniendo la intercesión de su Madre dignísima, decretó hacerlo antes que lo hubiera hecho, si no hubiera habido tal intercesión; más aún: porque quería hacerlo entonces, ordenó de antemano la intercesión de la Virgen>>. Este es el lenguaje de la teología y de la piedad. Y por aquí se ve el tesoro divino que Jesús nos dio en su Madre. De tal tesoro tenemos todos larga y dulcísima experiencia en María Mensajera. Quiera Dios que nuestra gratitud a la Virgen María y nuestra confianza en Ella, se aviven al considerar el pasaje evangélico que comentamos y lleguemos a ser del todo hijos humildes de María.
Publicado por mariamensajera @ 9:19
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Publicado por viacrucisvialucis
miércoles, 16 de julio de 2008 | 16:28
La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos también en la multiplicación de los panes.
Francisco Javier Cervigon Ruckauer