viernes, 09 de noviembre de 2007
Por el camino de Sicar se acerca una mujer. Al decirnos San Juan que iba a coger agua, nos la describe tácitamente con una ánfora sobre la cabeza, y en la mano un pequeño balde de cuero atado a una larga cuerda.

Jesús comienza la conversación, diciéndole: “Dame de beber” (Jn. 4, 7). Alguno podrá decir: ¿Hay nada más natural y corriente? Un viajero cansado, sentado junto a un pozo, sin tener con qué sacar agua, la pide al primero que llega. Pero la petición de Jesús hace caer las primeras gotas de rocío sobre un corazón yermo.

La mujer le miró desconcertada. Para los prejuicios populares de la época, Jesús acababa de cometer dos graves faltas: dirigir la palabra a una mujer, y hablar con una samaritana. Y a los ojos de cualquier escriba aún podríamos añadir una tercera: conversar con una mujer –aunque hubiera sido judía- sobre temas religiosos. “Mejor es entregar la ley a las llamas que enseñársela a una mujer”, había escrito un rabino de la época de Jesús. Pero Jesús es un especialista en derribar fronteras.

Con el desenfado propio de su condición, y con la inconsciencia de quien no mira las cosas según Dios, sino según prejuicios nacionales, aquella mujer liviana respondió: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana” (Jn. 4, 9). El evangelista aclara las palabras de la samaritana, añadiendo: “Porque los judíos no tratan –no se comunican- con los samaritanos”.

Jesús debió de sonreír, y con dulce y sosegada mansedumbre, amortiguando el golpe nacionalista de la samaritana, decidió desbordarla como un psicólogo excepcional: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías y él te daría a ti agua viva” (Jn. 4, 10)

Jesús hablaba de darle la gracia santificante, la gracia divina, el don de Dios; pero la samaritana lo entendió materialmente, aunque vislumbrando probablemente algo más en aquellas palabras enigmáticas de “agua viva”. Para un judío de la época la palabra “agua viva” era el agua de río en contraposición al agua estancada de los pozos.

Yo te daré “un agua viva”, es decir un agua que corre y salta, no un agua muerta. El tono de Jesús conmovió a la mujer. Supo que aquel hombre no bromeaba ni se pavoneaba. Por eso ya no le contestará como al principio. No obstante: ¿De dónde iba a sacar aquel peregrino agua del río? ¿Qué agua prometía si ni siquiera tenía cómo sacarla?

EL AGUA QUE OFRECE EL SEÑOR

La samaritana no podía ver que aquel encuentro era el momento más importante de su vida, el tiempo de la visita de Dios a ella. Jesús se lo insinúa, aunque oscuramente, porque todavía no tiene aquella alma las disposiciones necesarias para ser iluminada del todo. No obstante algo intuye, por eso le llama Señor. Aquellas palabras enigmáticas del Señor le hacen presentir que la mano de Dios le ofrece dones insospechados. Aquellas palabras de “agua viva” pronunciadas con aquel acento de bondad y mansedumbre, le sugieren pensamientos más altos que rivalidades políticas o regionales. La samaritana vio y no vio. Vio que en las palabras de Cristo había misterio; no vio qué misterio era. Y por instinto hizo lo que solemos hacer en tales casos: tomar las palabras metafóricas como si no lo fueran, subrayar el sentido extraño y provocar de este modo nuevas explicaciones

“Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es hondo ¿de dónde, pues te viene esa agua viva?” (Jn. 4, 11)

Y –como si no pudiera evitar su ligereza en el hablar- añadió a sus palabras un tono de ironía, no exento de cierto orgullo:

¿Acaso eres tú más grande que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo y de él bebió él mismo, sus hijos y sus rebaños? (Jn. 4, 11)

No era todavía el momento de descorrer el velo por completo, pero sí quiso Jesús insinuar y subrayar que la palabra “agua viva” encerraban un alto misterio. Por eso dijo:

“Quien bebe de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé se hará en él una fuente que salte hasta la vida eterna” (Jn. 4, 13)

Estas bellísimas palabras nos dan a entender que hay dos clases de almas sedientas de felicidad. Unas que están sedientas de cosas terrenas, y otras que están sedientas de cosas Dios.

“Dos maldades –dice Dios por medio del profeta Jeremías- ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mí, que soy fuente de agua viva, y han ido a fabricarse aljibes rotos que no pueden retener las aguas” (Jer. 2, 13). Fuera de Dios no hay felicidad posible.

Las almas que buscan su felicidad en las cosas terrenas, serán atormentadas por una sed sin posible hartura, “volverán a tener sed”, dice el Señor, a no ser que, trocadas por la gracia, empiecen a padecer la sed de las segundas. La sed de las almas sólo con Dios se apaga y se sacia.

Todo esto que encerraban las palabras de Jesús no lo veía la samaritana, pero percibía su encanto. Había un algo de eternidad en las palabras del viajero que la atraían. Impulsada por ese algo pidió el agua viva sin saber lo que pedía. “Señor, dame esa agua, para que ni tenga sed ni tenga que venir aquí a sacarla”

LLAMA A TU MARIDO

Como vimos, el Señor había logrado despertar en el corazón de la samaritana el deseo, todavía no iluminado, del agua viva que surte hasta la vida eterna.

La segunda etapa era más ardua. Jesús se decide a llegar al fondo. Abandona las imágenes y ataca con delicadeza la conciencia. El alma encadenada a la materia debe reconocer antes con humildad su pecado si quiere recibir la gracia. Por eso en cuanto en la samaritana nace el deseo de agua viva, Jesús le dice: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá” (Jn. 4, 15)

Con sobresalto y rubor, la samaritana se limitó a decir: No tengo marido, sin atreverse a más. No mintió, pero no tuvo valor para declarar toda la verdad.

Jesús se compadeció de su debilidad y con palabras suaves, alabando lo poco bueno que había en la respuesta de la pecadora, le ayudó a descubrir su conciencia por entero: “Bien has dicho que no tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el hombre que tienes ahora no es marido tuyo; verdad has dicho en eso” (Jn. 4, 17).

No podemos suponer que una mujer joven hubiera quedado viuda cinco veces. Todo hace pensar que era una mujer a la vez seductora y tornadiza. Conquistaba a los hombres igual que los abandonaba. Más de una vez ha sido repudiada por adulterio. Y por cinco veces ha encontrado a quienes se sintieran felices de caer en sus redes. Finalmente ya es demasiado conocida en la región para encontrar quien la acepte por esposa.

El no haber mentido a Jesús era lo único que podía alabarle. Y se lo alabó con caritativa insistencia, pero a la vez como divino médico le ayudó a descubrir su conciencia para que saliera toda la ponzoña. La flecha de Jesús dio en el blanco.

Y sin embargo es evidente que esa vida licenciosa no había corrompido el corazón de la samaritana. Ante la franca confesión de Jesús no se rebela. Mucho menos aún trata de mentir. Confiesa sinceramente su vergüenza con las palabras: “Señor, veo que eres un profeta” (Jn. 4, 19)

Pero entonces surgió un obstáculo, o si queréis el peligro de una desviación, que hubiera podido impedir el desenlace deseado. Con esa lógica curiosa tan propia de las mujeres, su conversación gira ciento ochenta grados. Tal vez con la intención más o menos deliberada de comprobar mejor si era realmente profeta, o para distraer la conversación y huir con aturdimiento de su propia confusión o vergüenza, o quizá por las dos cosas juntas, planteó entonces la cuestión religiosa más enconada de su tiempo y de su ambiente: “Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén” (Jn. 4, 20)

Jesús ahora, ante aquel alma abierta, ya no vacila y contesta sin rodeos; muestra ante esta pobre pecadora la aurora de los nuevos tiempos. En ellos nada significará la rivalidad entre aquellas dos montañas. Está naciendo una religión más honda y pura. Llega el tiempo en que no habrá lugares encadenados a la presencia de Dios porque Dios estará en todos los corazones de los que le amen. El verdadero templo estará en el espíritu y en la verdad, será Cristo el único enlace con la divinidad.

La mujer intuye el sentido más profundo de esta respuesta. “Yo sé –dice- que el Mesías está a punto de venir y que cuando venga, él nos lo explicará todo” (Jn. 4, 25) ¿Está intuyendo que el Mesías es precisamente este judío sediento de sed que habla con ella? ¿Está provocándole para que confiese todo lo que es? ¿Ha llegado esta mujer a comprender lo que no se atreven ni a sospechar muchos de los que siguen a Jesús?

Nunca lo sabremos. Pero si sabemos que, por primera vez, Jesús confiesa ante esta mujer lo que oculta ante las turbas. El Mesías soy yo, el que habla contigo. Si ante otros no usa este título es porque teme que se desvíe hacia fines políticos. Para esta mujer el Mesías es mucho más que un guerrero: es el que vendrá a explicárnoslo todo. Por eso para hacer entrega del secreto que aún no lo ha revelado a nadie, Jesús escoge a aquella mujer que tuvo cinco maridos y hoy tiene un amante.

APLICACIONES DE LA SAMARITANA

La historia de la Samaritana es la historia del corazón humano. De tu corazón. El hombre camina, como la Samaritana, abrasado por el sol de las pasiones, con el cántaro de su corazón vacío, buscando una fuente donde sacie su sed. El agua donde intenta saciar su sed el hombre es en las diversiones, en el trabajo, en la riqueza, en las amistades que lisonjean. Es una agua clara sólo en la superficie, pero llena de cieno y ajenjo en el fondo. Es un agua que no llena, con la no logra apagar su sed de felicidad infinita que hay en el corazón.

En nuestro caminar polvoriento por este mundo, Jesús sale a nuestro encuentro y con palabras suaves y llenas de amor y mansedumbre, nos dice: <>.

Es lo que decía el rey Salomón, antes de caer en el pecado de idolatría:

“Ecce universa vanitas et aflictio spiritus” (Eccl. 1, 2). Todas las cosas del mundo son vanidad y aflicción del espíritu.

La samaritana quiso apagar su sed con el agua del mundo, pero no lo pudo conseguir. Cinco veces cambió de compañero, y no fue feliz con ninguno, ni tampoco con el que ahora vivía, “que no era su marido”. Hasta que un día, cansada de tantos desengaños, se acercó a la fuente de la divinidad y comprendió la verdad.

Le pasó como a San Agustín, que decía: “Señor, nos has hecho para ti, y mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. O lo que decía Santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta”.
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