viernes, 09 de noviembre de 2007
LIV


El 19 de septiembre vendrá a Madrid (España), C. Alan Ames, autor de los libros JESUS ME HABLA. Viene en compañía de su director espiritual, y vendrá al retiro mariano-eucarístico del Centro de Apostolado Mariano de La Pardina. El cursillo empieza el día 21 de septiembre por la tarde, no obstante los que sólo quieran ir por escuchar propiamente a Alan Ames, podrán venir el mismo sábado 22 de septiembre, que es cuando hablará. De Zaragoza pondremos un autobús, que saldrá a las 8,30 de la mañana de la Plaza Paraíso (Edif. Paraninfo) y recogerá a los que deseen ir de Huesca. Es importante que llamen por teléfono, y si desean alojarse en el mismo Hotel La Pardina de Sabiñánigo, donde estará Alan Ames, reserven plaza, llamando pronto al mismo Hotel donde tendrá lugar el encuentro. Teléfono 974/ 48 09 75

Por ser el mes de septiembre, donde la Iglesia celebra la festividad de San Miguel Arcángel, un ángel de la milicia celestial muy querido de nuestros lectores, por las connotaciones que tiene con las apariciones de la Virgen, publicaremos el siguiente capítulo del libro JESÚS ME HABLA, que la Fundación ha editado ya. El mensaje fue dictado por el Señor a Alan Ames el 13 de julio de 1996.

Jesús +++ 13 de Julio de 1996

Acababa de amanecer cuando Mis discípulos vinieron a buscarnos. Yo estaba listo, esperando con Pedro. Salimos cuando el pueblo se despertaba y las gentes se preparaban para acometer el nuevo día; los hogares desprendían olor a puchero que impregnaba todo el ambiente.

Caminamos durante varias horas en oración silenciosa, cada uno ofreciendo, en privado, el corazón a Dios, todos, exceptuando Judas Iscariote que estaba pensando en el dinero que nos había dado en los últimos días.

Las montañas se veían a lo lejos. –Voy a subir al monte por espacio de tres días –dije a Mis amigos, –a medida que nos acerquemos buscaréis un lugar donde podáis esperarme a que vuelva.

–Tres días es mucho tiempo, Señor, quizá debiera uno de nosotros acompañarte –recomendó Pedro.

–Amigos Míos, no estaré solo, sino con Mi Padre. No tenéis que preocuparos, tres días pasan muy rápido. –Pedro Me miró y no quiso decir nada más, pues de sobra sabía que no iba a cambiar la decisión que había tomado.

Ya era medio día y habíamos encontrado un lugar propicio para que Mis discípulos Me esperaran. Se trataba de un paraje apacible con un pequeño riachuelo repleto de peces y árboles en su ribera para dar abrigo.

–Estaré de vuelta en tres días, no os preocupéis y no discutáis –les dije, sabiendo que habría controversias, especialmente con Judas.

Juan Me acercó una bolsa con comida y algo de beber –Toma, Señor, lo necesitarás –se le veía feliz cuando se lo agradecí.

Dejé a Mis amigos y me dirigí hacia las montañas. Mientras caminaba, sentí un frío helador y supe que el Maligno estaba cerca. Continué caminando y orando a Mi Padre hasta que llegué a la falda del monte. Ahí ante Mis ojos, estaba la cueva que Mi Padre Me había mostrado anteriormente. Entré y dejé Mis cosas en el suelo.

Entonces empezó a llover fuertemente acompañado de un viento glacial. Me envolví en una manta para conservar el calor y continuar en oración. De vez en cuando los rayos de la tormenta iluminaban la cueva y podía ver que me encontraba completamente solo en este pequeño Cielo. La noche avanzaba y las nubes ocultaron a la luna. En aquel instante, ante Mí, se manifestó Mi Padre –Jesús, Hijo Mío.

–Padre, descansa aquí Conmigo –pude notar el calor de Su amor y el frío pareció desaparecer.

La noche transcurrió entre intervalos en los que dormía y me despertaba. A la mañana siguiente, temprano, un hombre entró en la cueva y se sentó frente a Mí. Era el Maligno.

–Jesús, ¿por qué vives así, en la pobreza durmiendo en una cueva, cuando podrías tener mucho más? No tiene sentido ser rey si no se posee nada, ¿verdad?

Cuando lo miré, pude ver el odio y la perversidad escondidos tras de una cara amable.

–Mi reino es una corte que tú nunca podrás vencer –le dije.

–Voy a ganar, voy a destruirte –aulló lleno de veneno –Tú eres cordero. Pues bien, yo soy lobo y voy a devorarte –me amenazó.

–¡Apártate Satanás! –le ordené y se fue. ¡Cómo temía al poder de Dios!

Después de esto Me quedé dormido y Me desperté al rato, cuando el sol ya iluminaba la puerta de la gruta. Salí y Me encontré con un día cálido y tranquilo. El frío y la tormenta habían desaparecido por completo junto con Satanás.

Decidí subir al monte, donde Me senté a contemplar el paisaje –¡Qué bella la Creación..., don maravilloso de Mi Padre! –me decía ahí sentado, pensando en Mi Padre y en cómo a través de ella había proporcionado al hombre todo lo necesario para vivir… Entonces se apareció el Arcángel San Miguel, postrándose ante Mí en el suelo.

–Señor, estoy a Tus órdenes.

–Miguel, cuida de Mis discípulos mientras estoy aquí, pues sé que van a ser atacados por el Maligno –le ordené con amor y se fue a obedecer.

Un pajarillo revoloteó a mi alrededor. Luego, gorjeando, se posó en el suelo ante Mí. Mientras cantaba, otro se unió a él, y después otro… hasta que se congregaron muchísimos, todos entonando una bella melodía. Ésta es la maravilla del amor de Dios en la Creación.

La dulce cadencia de este canto Me inundó de alegría, aunque por otro lado me entristeció el pensar cómo, tan a menudo, el hombre no apreciaba estos pequeños milagros de la Creación.

El primer pajarillo Me miró y pió. Luego, los otros, se posaron en Mi hombro, en Mi cabeza y en Mis manos. Permanecí así, sentado y disfrutando este momento de amor.

Más tarde, cuando regresé a la cueva, los pájaros Me siguieron y se quedaron fuera, entonando un dulce canto. Cogí un trozo de pan, lo partí y lo arrojé al suelo para ellos, en recompensa por la alegría que Me habían proporcionado con su cántico.

Llegó la noche, y encendí una pequeña fogata en el interior de la gruta, en torno a ella Me senté a rezar. Mientras oraba miré el fuego y vi cómo una perfecta paloma se elevaba de entre las llamas. En ese momento, ahí estaba también Mi Padre y los tres nos adherimos en profundo amor, la Trinidad del Amor.

Era de mañana cuando volví a quedarme solo, afuera escuchaba la melodía de los pájaros que me regalaban su primer canto del día.

Al salir al exterior, puede comprobar que el número de avecillas había incrementado considerablemente. Había tantas ahora, que las ramas del árbol en las que se habían posado, a punto estaban de vencerse por el peso. Su sinfonía de amor Me llenó de nuevo con la alegría de la Creación y sonreí de poder contemplar el amor de Mi Padre por doquier. Recogí Mis cosas y Me despedí de ellos, esta vez que entonaron un cántico de despedida, mientras me dirigía hacia Mis discípulos.

Cuando volví al campamento, me di cuenta que se habían peleado entre ellos. Judas tenía un ojo morado, Andrés un labio inflamado y Bartolomé un corte en la boca.

–¿Qué ha pasado? –les pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

–Señor, todo ha ido bien hasta la mañana siguiente a la que Te fuiste. Nos pusimos todos a discutir por nimiedades. Andrés, Judas y Bartolomé se pelearon. Pensé que se iban a matar a golpes y cuando fui a separarlos, me enojé tanto que yo también empecé a discutir, aunque de pronto, fue extraño, me sentí muy diferente, en calma –Me explicó Pedro. –Cuando experimenté esta paz, los demás también se calmaron y dejaron las discusiones. Fue increíble, cómo el odio, en un minuto desapareció y fue reemplazado por la paz. No acabo de entenderlo, pero desde entonces, todos somos amigos de nuevo.

–Sí, Señor, lo somos –añadió Juan.

–Fue tan extraño, Señor, estar en un momento enojado, y al poco conseguir la paz… –contaba Mateo. –Yo discutía con Juan acerca del tamaño de un pez que había pescado, y me enojé tanto con él, que quería pegarlo. Ahora estoy muy apenado por todo eso.

–A Mí me pasó igual, Señor –interrumpió Juan –quería pelearme con Mateo, y sin embargo ahora somos otra vez amigos.

–Pues yo todavía siento un poco de rabia. Mira el ojo que llevo –aclaró Judas.

–¡Qué triste…! –pensé, por Judas, que todavía se aferraba a su cólera.

–Señor, ¿cuál fue el motivo de que ocurriera todo esto? –Me preguntó Santiago.

–Amigos Míos, el Maligno os atacó para que discutierais y os hirierais unos a otros. Quería introducir la ira en vuestros corazones.

–Pero ¿qué fue lo que lo detuvo tan súbitamente? Fue como si el viento cambiara de dirección. Un momento soplando maldad, y al siguiente, amor.

–Satanás vino aquí, pero Mi Padre envió un Ángel para cuidaros y protegeros –les dije.

–¿Se llamaba Miguel? –preguntó Simón cananeo, –Me pareció oír este nombre en el aire.

–Sí, amigo Mío, era Miguel, un verdadero príncipe del Cielo.

–Me alegro de que viniera. La situación era horrible… –añadió Judas Tadeo.

–En el Cielo hay muchos Ángeles, si los llamáis para que vengan a protegeros y cuidaros, lo harán. Sólo tenéis que pedírselo.

–Pero nadie llama a los Ángeles en estos días –dijo dudoso Tomás.

–Cierto Tomás, pero los Ángeles están esperando para poder ayudarte. Todo lo que tienes que hacer es pedirlo. Es una pena que tanta gente los olvide. Los Ángeles, a lo largo del tiempo, han hecho tanto por el hombre… Ellos son los mensajeros de Dios, los guardianes de la humanidad, pero rechazados por tantos… Pero ¿no ocurre lo mismo con los dones de Dios, que son rechazados o ignorados? Cuando oréis, hacedlo con amor a vuestro Ángel. Oradle pidiendo ayuda y protección –les dije, pensando en la batalla que acababa de ganar San Miguel, el Príncipe del Cielo contra el príncipe del mundo.



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Publicado por mariamensajera @ 9:24  | Artículos
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