viernes, 09 de noviembre de 2007
Uno de los comensales sentado a la mesa con Jesús, exclamó: “Dichoso el que comiere pan en el Reino de los cielos” (Lc. 14, 15)

Estas palabras le dieron pie a Jesús para proponer una parábola.

Dijo Jesús: Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos.

¿Quién es ese hombre? Jesucristo, Dios Nuestro Señor.

¿Qué cena grande es ésa?. El Reino de los Cielos.

Varias veces en la Sagrada Escritura compara Jesucristo el cielo a un banquete: En el banquete material se sirven manjares que hartan el cuerpo. En el banquete del cielo se sirven manjares sobrenaturales que hartan las facultades del alma. La inteligencia hambrienta de verdad, quedará saciada al conocer la verdad infinita de Dios, así como las perfecciones de las tres divinas Personas. La voluntad hambrienta del bien, allí quedará harta poseyendo al bien sumo, que es Dios.

Y cuando el cuerpo resucite, todos los sentidos del cuerpo quedarán hartos de felicidad, no con bienes sensibles y terrenos, porque el cuerpo glorioso ya no está sujeto a las leyes fisico-químicas, sino con la felicidad que del alma redundará en el cuerpo.

Este gran banquete está presidido por el mismo Jesucristo y por la Santísima Virgen, a él asistirán todos los ángeles y todos los santos.

RESPUESTA DE LOS INVITADOS

A este banquete invita Dios a todos los hombres, pues Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Invita Jesucristo a celebrar su boda contigo. Invita Dios Padre a todos los cristianos. Decir a uno si quiere ser cristiano es invitarle a vivir en el cielo.

Las excusas que aducen los invitados las simboliza Jesús en la parábola de San Lucas.

“He comprado una granja y tengo que ir a verla. Te ruego que me excuses” (Lc. 14, 18).

En esa visita a la granja o campo ven los intérpretes de la Sagrada Escritura las diversiones: tengo que divertirme.

Hoy más que nunca existe esa disculpa para ser buen cristiano y salvarse. Las diversiones se multiplican cada día más. Algunas personas sólo piensan en divertirse y llegan a creer que están en este mundo sólo para eso.

Cada día al levantarse hacen planes. ¿Plan de trabajo, de estudio, de obras de celo? No, plan de diversión. Son aquellos que están muy ocupados –que dice San Pablo- en no hacer nada. Son esos que dicen: No puedo, que tengo partida de cartas con los amigos. No puedo, que tengo que jugar al golf. No puedo que tengo cena de fin de curso...etc
Por divertirse, la joven no se dedica a las labores de la casa y resulta una esposa inepta. Por divertirse, el joven no estudia y no sale hombre de provecho. Por divertirse, la casada descuida el gobierno de la casa y la educación de los hijos. Por divertirse, el casado no cumple sus deberes profesionales, derrocha el dinero que gana y no se preocupa del hogar.

Esto sería suficiente para que todas esas personas no entraran en el cielo, pues faltan a su deber fundamental.

Pero hay más. La mayor parte de las diversiones modernas son gravemente pecaminosas. Aunque no fueran pecaminosas en sí mismas, el afán excesivo de divertirse entibia el trato con Dios, debilita la voluntad, aleja de la Iglesia... y conduce al final al pecado.

¡Cuántos renuncian al cielo por divertirse!

Otro invitado dijo: “acabo de casarme y no puedo ir al banquete. Dame por excusado” (Lc. 14, 20)

En esta disculpa los Santos Padres ven representada la sensualidad. Es la que más almas impide ir al cielo.

Dice San Alfonso María de Ligorio, el gran moralista, que todos los condenados han cometido pecados de sensualidad y que el noventa y ocho por ciento de ellos se condenan por eso.

La cadena de la sensualidad es la que ata con más fuerza a las almas. Cuando se ha adquirido la costumbre de pecar, ¡qué difícil es romper esa costumbre!

Y cuando el hombre no tiene fuerzas para romperla, se aleja de Dios, de la Iglesia, de los sacramentos.

¿Para qué confesar y comulgar, si no voy a dejar la ocasión de pecado?

Y viene la muerte y arroja al alma al infierno.

Se excusa otro invitado:

“He comprado cinco yuntas de bueyes y tengo que probarlas; te ruego que me dispenses” (Lc. 14, 19)

En esta disculpa están representados los negocios. Los negocios, que conforme progresa la sociedad, van adquiriendo mayor desenvolvimiento.

El torbellino de los negocios arrastra a una parte de los hombres. Es un nerviosismo que no deja momento de reposo. Los negocios absorben todas las energías y no dejan tiempo para cumplir los deberes cristianos, matan el espíritu.

No me lo permiten los negocios, dices.

Los negocios excitan la codicia. El que gana mucho quiere más...y cuando la codicia se ha excitado, ya no se repara en procedimientos. Y cuando los procedimientos han sido malos, queda la obligación de restituir y la mayor parte no pasan por eso y se condenan.

LA RESOLUCIÓN DEL SEÑOR

Al verse desairado, el Señor que había preparado el banquete dijo: “Sal a los caminos... hasta que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena” (Lc. 14, 23 y ss)

Y dio orden a sus criados para que salieran por las calles y plazas y los campos y llamaran a los pobres y a los enfermos; y éstos disfrutaron de los manjares preparados.

Dios llamó primero al pueblo judío, y como rechazó la invitación, llamó al pueblo gentil. “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles” (Hch. 13, 45)

Ahora Jesucristo llama primero a los católicos de abolengo; pero si éstos le desprecian, envía a sus misioneros a las regiones de infieles para que inviten a los paganos, pobres y enfermos. Y envía a su Madre como mensajera a diversos lugares de apariciones, y muchos ateos que no frecuentaban la Iglesia se convierten y comienzan una nueva vida con fervor.

¡Qué contraste! En las naciones católicas va disminuyendo el número de sacerdotes, mientras en los países en los países de infieles va creciendo.

Los cristianos nuevos comienzan con fervor la vida cristiana; y los cristianos viejos –a imitación de los judíos de antaño- se enfrían y debilitan en la fe. Y al igual que aquellos persiguen en ocasiones a los nuevos cristianos convertidos, por parecerles que predican una doctrina nueva o que son herejes. “Pero los judíos –dice la Escritura- incitaron a las mujeres piadosas y de la nobleza, y a los principales de la ciudad; promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y les echaron de su territorio” (Hch. 13, 50)

No seamos causa de que Jesucristo arranque la cruz de nuestro suelo y la plante en otro más generoso. No merezcamos que nos castigue como castigó al pueblo de Israel.. Pablo y Bernabé “sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio” (Hch, 13, 51). Es la historia de muchas naciones donde floreció la Iglesia y hoy son naciones paganas o herejes.

Muchos son los llamados y pocos los escogidos. Ciertamente hemos sido llamados...seamos dignos de ser escogidos.
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