viernes, 09 de noviembre de 2007
¿Qué es el infierno?

Pregunta difícil de responder. Al describir las penas del infierno se prodigan a veces pinturas terroríficas que hieran la imaginación, pues el hombre necesita que se le sensibilicen las cosas espirituales o desconocidas; y todas esas pinturas, por terroríficas que parezcan, resultan muertas comparadas con la realidad.

Pero no es necesario recurrir a eso. Recorramos aquella cárcel eterna de la mano de los santos. Dios hizo sentir a Santa Teresa algo de la angustia del infierno, y la Santa no encontraba vocabulario con qué expresar su sentimiento.

“Los dolores corporales tan incomparables que con haberlos pasado en esta vida gravísimos; y según dicen los médicos, los mayores que se pueden pasar y aun algunos causados del demonio, no es nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que había de ser sin fin y sin cesar jamás. Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma: un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tal desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo lo encarece; porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma es poco, porque ahí parece que otro os acaba la vida, más aquí el alma misma es la que se despedaza” (Vida, capítulo 32)

Reproducimos en este número la visión que Santa Faustina Kowalska, la santa polaca de la Misericordia, tuvo sobre el Infierno. Ciertamente las almas deben ir a Dios por amor. Arrepentirse por haber ofendido a un Dios todo Bondad. De ahí que sea tan importante el que se predique mucho y constantemente sobre la Misericordia de Dios. No obstante, Dios quiere, a modo de suplemento en la motivación de nuestras buenas intenciones, y así lo explican santos de la talla de San Agustín, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco o San Ignacio de Loyola, que no nos olvidemos del Infierno, verdad de fe incuestionable. Son como dos castillos que se complementan, explica Santa Teresa. El castillo del Amor y el castillo del santo Temor de Dios. “Y si del amor de Dios me olvidare...”, dirá San Ignacio de Loyola, al menos por el temor eterno que me aparte definitivamente del pecado y obtenga el dolor de nuestras culpas..

SIETE TORMENTOS

Santa María Faustina Kowalska en su Diario, número 741, pág.304, habla de siete tormentos que vio. Veamos cómo lo expresa. Lo expuesto en letra cursiva es de la santa, lo que aparece entre paréntesis, subrayado o en letra normal son aclaraciones nuestras para un conocimiento más completo.

“Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios”

Decía San Agustín: “nos hiciste, Señor, para ti. Y nuestro espíritu está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Arrancada el alma de los bienes temporales de este mundo, siente las ansias de felicidad y la necesidad de Dios, único ser que puede llenar el vacío casi infinito que siente de sí misma. El alma, al morir, se da cuenta claramente que necesita de Dios, como en la tierra necesitamos el respirar. ¡Qué angustia querer respirar y no poder! Pero el hombre sin oxigeno muere, y el alma del condenado, privada de Dios, vive muriendo sin acabar de morir. Por eso la Sagrada Escritura llama a este primer tormento, a este estado del alma del que refiere la religiosa polaca en su Diario, como muerte, muerte segunda o muerte eterna.

“La muerte sempiterna, dice San Agustín, será cuando el alma no pueda vivir por carecer de Dios; ni pueda librarse de los dolores muriendo” (De Civ. Dei, 30, 3, 1)

“El segundo, el continuo remordimiento de conciencia (Nota de la Redacción: La Sagrada Escritura llama al remordimiento como el gusano que no muere); el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incenciado por la ira divina. (Nota: Es la pena de sentido, que dicen los teólogos. La Sagrada Escritura, en San Mateo 25, 41 dice: “Apartaos de Mí, los malditos, al fuego eterno..”. Y allá van. Al fuego eterno con la maldición de Dios sobre sí). El quinto tormento, es la oscuridad permanente, y un horrible y sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. (N. de R.: En la Sagrada Escritura expresa este estado con el término “allí será el llanto y el rechinar de dientes”, Mt. 24, 51)

Y sigue diciendo la Santa:

“Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado”

“Que el pecador sepa: con el sentido que peca, son ese será atormentado por toda la eternidad”

“Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe”

“Allí –dice San Pablo- irán los idólatras, los fornicarios, los adúlteros, los deshonestos, los sodomitas, los ladrones, los avaros, los que se embriagan, los maldicientes, los ladrones” (1 Cor. 6, 9)

“Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado”.
Publicado por mariamensajera @ 19:56  | Artículos
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