lunes, 12 de noviembre de 2007
"¡Queridos hijos! También hoy los invito a la conversión. Hijitos, que su vida sea un reflejo de la bondad de Dios y no del odio ni de la infidelidad. Oren, hijitos, para que la oración se convierta en vida para ustedes. Así podrán descubrir en su vida la paz y la alegría que Dios da a aquellos que tienen el corazón abierto a Su amor. Y ustedes, que están lejos de la misericordia de Dios, conviértanse para que Dios no desatienda sus oraciones y no sea tarde para ustedes. Por eso, en este tiempo de gracia, conviértanse y pongan a Dios en el primer lugar en su vida. Gracias por haber respondido a mi llamado!"

La Santísima Virgen se aparece en Medjugorge para darnos todos los meses, en concreto el 25 de cada mes, un mensaje de salvación.

En esta ocasión, 25 de agosto, nos invita nuevamente a la conversión, es decir, nos pide que nos abramos de corazón de Dios. “Por la fe del corazón –nos dice el Apóstol Pablo en la carta a los Romanos- llegamos a la justificación, es decir, la conversión; y por la profesión de los labios a la salvación” (Rom. 10, 10)

La conversión, aunque es una gracia de Dios, implica en nosotros una colaboración, una respuesta interior de fe. Una actitud firme y sincera de nuestra voluntad, por la que queremos ser hijos suyos, abrirnos a Él. Esta actitud sincera de querer ser de Dios, implica negación, es decir, querer morir a la vida de pecado. Para lograrlo es necesario que manifestemos la fe por medio de la oración. Suplicar a Dios su gracia actual de querer sanar.

“Oren, dice la Virgen María, para que la oración se convierta en vida”. En una palabra oren para que Dios les alcance la gracia de poder morir al pecado, reflejando en nosotros dos de los atributos más hermosos de Dios: El Amor y la Fidelidad. Dios es fiel en compromiso con nosotros, y está dispuesto a llevarnos con Él a la eterna felicidad. Para lograrlo necesita que nosotros queramos convertirnos, lo que implica renuncia sincera al pecado.

Sólo el que ora con esa actitud abierta y sincera de corazón es atendido en su ruego de ser sanado y logra descubrir en su vida la verdadera libertad de hijo de Dios. Ésta es la gracia que debemos descubrir, esa gracia que da paz y verdadera alegría, “que Dios da a aquellos que tienen el corazón abierto a Su amor”. Por eso dice la Virgen “conviértanse para que Dios no desatienda sus oraciones, “conviértanse y pongan a Dios en primer lugar”

¿Son muchos o pocos los que se salvan?

El domingo, 26 de agosto, 21 domingo del tiempo ordinario, nos decía el Señor en el Evangelio que no nos preocupáramos tanto de si eran muchos o pocos los que se salvaban, sino que nos esforzáramos en entrar por la puerta estrecha. Jesús traslada el centro de atención de cuántos se salvan a cómo salvarse.

Esta forma de actuar el Señor no es extraña o descortés. Sencillamente es la manera de obrar de alguien que quiere educar a sus discípulos para que pasen del plano de la curiosidad al de la verdadera sabiduría.

La Virgen en Medjugorje, lo mismo que el Señor en el Evangelio, quiere que descubramos en nuestra vida la paz y la verdadera alegría. Que seamos felices. Lo que nos sitúa en el camino de la salvación no es un cierto título de propiedad (“Hemos comido y bebido en tu presencia, hemos hecho en tu nombre muchos milagros, hemos expulsado en tu nombre a muchos demonios”), sino una decisión personal seguida de una coherente conducta de vida. “Por la fe del corazón llegamos a la justificación, por la profesión de los labios (conducta coherente), a la salvación”

Hay dos caminos, (Mt. 7, 13) y dos entradas (Mt, 24, 3). El camino “ancho” y el camino “estrecho”. El mundo corre por el camino ancho. ¿Es que el camino del mal es siempre más fácil y agradable de recorrer, y el camino del bien siempre duro y fatigoso?

A juzgar por lo que dice la Virgen no es así. Debemos hacer una reflexión pausada para no caer en la frecuente tentación de creer que todo les va magníficamente bien, aquí abajo, a los malvados, y todo les va siempre mal a los buenos. ¡Qué bien le va a los malvados, dicen algunos, todo les sale bien. En cambio yo, que soy buena…!. A Dios le duele esta forma de queja encubierta a Él.

Dice el Padre Raniero Cantalamessa, Ofm, insigne predicador de la Casa Pontificia:

“El camino de los impíos es ancho, sí, pero sólo al principio; a medida que se adentran en él, se hace estrecho y amargo. Y en todo caso es estrechísimo al final, porque se llega a un callejón sin salida. El disfrute que en este camino se experimenta tiene como característica que disminuye a medida que se prueba, hasta generar náusea y tristeza. Ello se ve en ciertos tipos de ebriedades, como la droga, el alcohol, el sexo. Se necesita una dosis o un estímulo cada vez mayor para lograr un placer de la misma intensidad. Hasta que el organismo ya no responde y llega la ruina, frecuentemente también física. El camino de los justos en cambio es estrecho al comienzo, cuando se emprende, pero después se transforma en vía espaciosa, porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el corazón”
Publicado por mariamensajera @ 9:49  | Artículos
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