viernes, 30 de mayo de 2008
El 29 de agosto celebra la Iglesia el Martirio del Precursor del Señor.. San Juan Bautista tiene dos fiestas: la del 24 de junio y la del 29 de agosto. El 24 de junio se celebra su nacimiento, y el 29 de agosto su muerte

Martirio que empezó para él el día que se enfrentó en su misma cara a Herodes, diciéndole: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mc. 6, 18)

Juan fue para Herodes una luz, la voz de su conciencia. La voz que clama en el desierto, es decir, la voz que le reprende en su interior su público escándalo para que cambie y se enmiende..

El Evangelio dice que Herodías, la amante adúltera del rey Herodes, “le acechaba y quería quitarle la vida”, mientras Herodes –que no estaba aún en total cerrazón a la gracia- “reverenciaba a Juan, denominándole varón justo y santo, y le guardaba y oyéndole hacía muchas cosas y de buen grado” (Mc. 6, 20).

El Evangelio nos dice que “Herodes había mandado prender a Juan y encadenarlo en la cárcel a causa de Herodías” (Mc, 6, 17). Herodes, por tanto, no lo encarceló a causa suya, por lo que decía el Bautista sobre su persona, pues sabía que Juan era un santo, muy venerado por el pueblo, que decía valientemente la verdad. Probablemente, en el fondo, admiraría que hubiese alguien con esa fortaleza sincera en Israel como para recriminarle a él, el rey de Galilea, su escandalosa conducta. Pero Herodías, ávida de poder y de lujo, debió tener miedo de que pudiese perder su puesto e influencia en la corte de Herodes. <<Si el rey, debió pensar ella, veía con simpatía las palabras de Juan el Bautista y hasta le hacía caso en algunas cosas, ¿qué pasaría si decidía al final hacerle caso también en esto?.
Herodes seguiría siendo rey de Galilea y de Perea, pero… ¿qué sería de ella y de su hija? ¿Tendrían que salir las dos de la corte?

Y llegó el día oportuno, el día en que Herodes se perdió para siempre. A partir de aquel crimen, la voz de su conciencia dejó de oírse en el interior del Tetrarca. El endurecimiento obstinado fue total. Al matar al Precursor, mató algo más dentro de sí.. Dios murió en Herodes. Y Jesús, la salvación, ya no quiso hablarle más ni enviarle a más mensajeros. Dios guarda silencio ante aquellos que se obstinan en el pecado y ahogan las llamadas reiteradas de la gracia en su interior.. “Temo al Dios que pasa –decía San Agustín- pero no vuelve a pasar”.

Este episodio evangélico nos da mucha luz sobre esta idea. En realidad nos da lecciones de todo género, porque de un lado vemos cómo se extravía un corazón, y, de otro lado, vemos cómo ha de ser la resistencia que se oponga al mal y al escándalo. Herodes se dejó llevar de una pasión sensual, la pasión sensual parió después el escándalo, y el escándalo le arrastró al final a un crimen sangriento, a un crimen que en un principio no quería, pero que no supo por respeto humano el frenarse y decir que no. Es aquello de rodar de abismo en abismo.

La historia de Herodes es la historia de tanto desventurado, de tantos que podrían haber sido santos, como por ejemplo Enrique VIII, pero que se dejaron llevar del deseo de diversión para rodar después por todos los abismos del público escándalo y de la pública deshonestidad.

San Juan, por el contrario, es de aquellas almas que miran principalmente a la gloria de Dios y a la defensa de la virtud. San Juan Bautista, al igual que Santo Tomás Moro con Enrique VIII, fue a buscar al mismo escandaloso para echarle en rostro su propio escándalo y salvarlo. San Juan Bautista que, cuando todos se inclinan adulando y condescendiendo con la debilidad humana, levanta su voz con energía para protestar.

LOS COMENSALES

Por eso, queridos hermanos, nosotros no podemos contentarnos con escondernos cuando el mundo de los poderosos escandaliza. Tenemos la obligación de señalar el mal, de protestar contra el pecado, de poner un dique, aunque ese dique lo tengamos que poner con nuestros padecimientos y/o nuestra sangre.

¿Qué clase de amor es ese que se contenta únicamente con esconderse y con callar, cuando deberíamos salir a la defensa de los intereses de Dios? ¿Qué clase de amor es ese que rehúsa el sacrificio por defender la moral cristiana? ¿Qué clase de amor es ese que vive de la condescendencia criminal con los escandalosos, que vive en amabilidad con los pecadores públicos y que se gloría de permanecer entre ellos como algo que no protesta, que no lucha? ¿Es eso amar a Dios y amar la virtud?

Dice San Marcos que asistieron los grandes de Herodes, es decir, los altos dignatarios de su corte; los tribunos, es decir, los militares; y por último dice que asistieron los notables de Galilea, es decir, la aristocracia galilea.

Nada tiene de extraño que asistiesen los que ya estaban consagrados al servicio de Herodes, pero me llama la atención que a una fiesta pagana asistieran también los nobles galileos. Esto indica hasta qué punto habían llevado la condescendencia, la convivencia, con aquel monarca públicamente escandaloso. Es lamentable que los que no estaban consagrados a su servicio, los que no estaban obligados por razón de cargo o trabajo, asistieran a su fiesta y aceptaran su invitación, teniendo en cuenta más que nada porque estos nobles galileos eran judíos y la fiesta era pagana. Esto pasa hoy también con muchos católicos. Es interesante comprobar cómo el mundo tiene un código distinto del código del Evangelio. Cuando se falta a ese código mundano, el mundo tiene sanciones crueles para aquellos que lo quebrantan, pero el mundo es muy misericordioso, se hace ciego y sordo, si lo que se quebrantan son solamente las leyes divinas. Se asiste alegremente a una boda civil adúltera, por no citar otras uniones del mismo sexo, con tal que esos pecados públicos se desenvuelvan en un ambiente de caballerosidad y de educación correcta

Sería interesante ver cómo no solamente sucumben a esa conducta de excesiva tolerancia los que ya han hecho profesión de liberales o progresistas de una forma oficial, sino también sucumben aquellos que hacen profesión en el resto de su vida de seguir las máximas del Evangelio y de aceptar las enseñanzas de Jesucristo. Quizá tendríamos que llorar en nuestros días escándalos no tan históricos, pero sí tan culpables y tan manifiestos como el de Herodes con la mujer de su hermano Filipo..

SALOME, LA HIJA DE HERODÍAS

Al final del banquete solía presentarse, para divertir a los convidados, públicas bailarinas, gente de placer. El final de los banquetes, como el final de muchas bodas de hoy, era la inmoralidad. Y en ese banquete de Herodes, en lugar de aparecer bailarinas profesionales se presentó, bien adoctrinada por su madre, la hija de Herodías: una princesa de aquella época.

Seguramente Herodías, la anfitriona de esa fiesta, había preparado aquel cumpleaños de Herodes con exquisita minuciosidad. Ella iba buscando la manera de eliminar al Bautista con cualquier pretexto, y no dudó en utilizar a su misma hija en un espectáculo deshonesto, ensayado a modo de Operación Triunfo, para lograr más fácilmente arrancar no tanto aplausos, como una sentencia sangrienta para el justo y valiente San Juan.

¿Qué grado de complicidad había también en su hija Salomé?. Algunos opinan que seguramente cuando Salomé bailó antes Herodes no llevaba en su alma otra pasión que la vanidad femenina de hacerse admirar y aplaudir, sin que en su corazón, todavía inexperto, cupieran otros sentimientos más negros y criminales. No obstante, no podemos descartar tampoco que su madre no se hubiese desahogado a solas con ella, confiándole sus miedos, la amenaza seria que suponía para ellas la vida del Precursor. Mientras su tío siguiera en esa actitud de simpatía reverente hacia el Bautista, el poder, el lujo y la alegría de la corte no estaban en absoluto aseguradas para ninguna de las dos. Estos eran sus miedos y los que transmitiría de diferentes maneras a su hija Salomé

Entiendo, por pura lógica, que la hija querría también de antemano la muerte del Bautista, pero Salomé no imaginaba, ni soñaba siquiera, que Herodes fuese a ofrecerle de premio la mitad de su reino. Veamos cómo lo narra San Marcos:

“Entró la hija de Herodías, bailó y agradó a Herodes y a los comensales. Y dijo el rey a la niña. “Pídeme lo que quieras y te lo daré” Y le juró: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino” (Mc. 6, 20 y 21).

Dice le Evangelio que “salió y habló con su madre. ¿Qué pido?. La madre respondió sin dudarlo: la cabeza de Juan el Bautista”. (Mc. 6, 24) Seguramente la niña le diría: Pero mamá, ha jurado que me dará hasta la mitad de su reino. ¿Qué es eso comparado con la simple cabeza de un encarcelado?. Podría pedirle ahora, bien en Perea o Galilea, alguna ciudad, con un castillo de lujo para vivir y pasarlo bien con mis amigos, con vistas al mar, criados, caballos…etc.. Y la madre le diría: “Pon lo pies en la tierra. Mientras viva el Bautista no podrías gozar nada de todo eso a tu gusto. Además, mi niña, cuánto tiempo piensas que lo poseerías realmente si tu tío siguiese la opinión del Bautista. Ese hombre tiene que morir, pues nos conviene a las dos que así sea.

Que todo esto es así se deduce de las palabras posteriores de Salomé. El Evangelio nos dice “que volvió con prisas al rey”, después de hablar con su madre, y le pidió con cierta firmeza altanera:: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista” (Mc. 6, 25)

La madre le había dicho que pidiese la cabeza de Juan el Bautista, porque convenía que muriera lo más pronto posible, pero no le había dicho que la pidiese para ahora mismo, dando la nota sangrienta de la noche..

El hecho de añadir el Evangelio esos pormenores, que he subrayado en negrita, revelan que Salomé tenía un corazón tan cruel y tan sanguinario como el de la madre. Salomé, airada contra el Bautista, molesta con él por no poder gozar aún de otras cosas más apetitosas para su avidez, manifiesta entonces su crueldad y su odio, exigiendo que desapareciese ya, desde ese mismo instante, la causa de no poder reinar con mando libre y despótico de la herencia de su tío Herodes.

EL RESPETO HUMANO

Herodes se estremeció, pero se sintió comprometido.. Dice el Evangelio: “se entristeció mucho el rey. Mas por el juramento y los comensales no quiso rechazarla” (Mc. 6, 26). En una palabra, el rey mandó matar a Juan el Bautista principalmente por un respeto humano.

Mirad, por tanto, lo que acontece con esos hombres entregados a sus pasiones, que son verdaderos esclavos. Ellos se consideran libres porque han sacudido el yugo de la ley del Señor, conculcando sus leyes, pero al sacudir ese yugo, como le pasaría después a Pilato con Jesús, reciben sobre sus hombros otro yugo más fuerte, la esclavitud del mundo. Viven esclavizados a ese mundo y el mundo los lleva donde quiere. Al principio creen que, arrastrados por el mundo no van a llegar sino a frivolidades, a ligerezas, a cosas insustanciales, a las vanas alegrías de las cosas de la vida, pero luego se encuentran con que el mundo les lleva mucho más lejos, les arrastra hasta verdaderos crímenes, hasta verdaderas culpas en que va la vida humana.

Este es el caso de Herodes y éste es el caso de cuantos se dejan arrastrar por el mundo. Al principio todo es halagador: pero después se observa que la conciencia se ha manchado, que el corazón ha perdido su libertad y que el que por afán de libertad sacude la ley de Dios, ha venido a ser verdadero esclavo de otra tiranía que no le fuerza a la virtud, sino al pecado y al crimen.



Publicado por mariamensajera @ 11:47  | Artículos
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