En el contexto religioso, el limbo se refiere a un estado vida después de la muerte que no es ni cielo ni infierno.
Hay que decir, ante todo, que el limbo nunca ha sido doctrina de la Iglesia Católica sino una proposición teológica. Los teólogos han utilizado el concepto del limbo para explicar el destino de los que mueren sin haber cometido pecado mortal pero sin el bautismo. Ahora bien, una cosa es que el limbo no sea de fe, no haya sido revelado para ser creído, y otra muy distinta el decir que las almas que mueran sólo con pecado original, como es el caso de los niños no bautizados, estén ya con Dios en el cielo.
La razón es otra muy distinta a la que pretendemos y gustaría a nuestra sensibilidad. Es Doctrina de fe divina católica definida que aquellos que mueren con sólo el pecado original, (como por ejemplo los niños no bautizados) se ven privados de la visión beatífica. Esto parece duro a los oídos piadosos actuales, pero es de Fe. Es más el Concilio II de Lyón dice “Las almas de aquellos que mueren en pecado mortal o con sólo el original descienden inmediatamente al infierno, para ser castigadas, aunque con penas desiguales” (D. 464). Es decir, para el Concilio de Lyón, los que mueren con sólo pecado original están en el infierno, aunque reconociendo que con penas diferentes.
El Papa Inocencio III dice: La pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios; la pena del pecado actual es el tormento del infierno eterno” (D. 410)
El Papa Pío XII nos enseña esta misma doctrina cuando dice: “Ni hay en esta economía actual otro medio de comunicar la vida sobrenatural al niño que no haya llegado al uso de razón, y, sin embargo, el estado de gracia en el mismo instante de la muerte es absolutamente necesario para la salvación; sin él es imposible conseguir la felicidad sobrenatural, la visión beatífica de Dios” AAS 43 (1951)
Para ver a Dios se necesita la gracia santificante, la cual se da en el Bautismo. El Bautismo de agua, después de la promulgación del Evangelio, es para todos los hombres necesario para su salvación. Muchos afirman incluso que es necesario con necesidad de medio.
Para los que no conocen esta forma de hablar, les diremos que cuando decimos que el bautismo es necesario con necesidad de medio estamos diciendo que no solamente es necesario el Bautismo porque está mandado como precepto por Jesucristo, sino porque es camino único para conseguir la salvación, de tal modo que, aun en el caso de que se omita inculpablemente, la salvación no puede conseguirse. Es pues el Bautismo tan necesario que nadie está dispensado de él.
Que el Bautismo sea necesario es doctrina de fe divina católica definida. Que sea necesario con necesidad de medio es también para algunos de fe divina y católica definida, aunque algunos en cambio no lo consideran tanto. Cayetano, por ejemplo, decía que los niños podrían salvarse mediante el voto de los padres, manifestado con alguna señal exterior, por la cual desearían que éstos recibieran el Bautismo
EL CATECISMO ACTUAL
El Catecismo actual es optimista, confía en la misericordia de Dios, pero no se atreve a decir nada contra la doctrina revelada. En efecto, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Su voluntad de salvar es sincera, verdadera y universal. Por eso los teólogos se preguntan desde siempre si además del bautismo (de agua o de sangre), hay algún remedio más divinamente instituido, con el cual pueda sustituirse el defecto del bautismo respecto de los niños que mueren sin ser bautizados.
El Catecismo actual de la Iglesia, canon 1261, haciéndose eco de esta preocupación teológica, dice lo siguiente:
“En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo”
Es lo único que se atreve a decir la Iglesia: Confiar en la misericordia manifestada por Jesucristo Nuestro Señor. Y es lo único que puede decir, porque todo lo demás que se diga, aunque sea ciertamente posible y muy sugerente, no está demostrado. Más aún, no parecen algunas cosas compatibles con las fuentes de la revelación, ya que el Concilio de Florencia dice: “En cuanto a los niños advierte que…como quiera que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo…no ha de diferirse el sagrado bautismo…” (D. 712)
SAGRADAS ESCRITURAS
Cuando decimos que una cosa es de Fe divina estamos diciendo que esa doctrina se encuentra formalmente revelada. El tema del limbo no está revelado. Jesucristo no habló del Limbo, pero sí habló del tema del bautismo y del pecado original. Así, en las Sagradas Escrituras, le dice a Nicodemo:
“En verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos” (Jn. 3, 5). Y en el Apocalipsis, San Juan dice: “no entrará en esta ciudad cosa impura ni quien comete abominación” (Apoc. 21, 27). Por tanto las almas de los que mueren con sólo el pecado original no han sido regeneradas por el agua y el Espíritu Santo, están aún manchadas, son impuras, y por duro que parezca están excluidos de la visión beatífica.
El razonamiento teológico es el siguiente: Los que mueren sólo con el pecado original están privados de la gracia santificante. Es así que la gracia santificante es medio absolutamente necesario para la visión beatífica de Dios. Luego los que mueren con pecado original no pueden gozar de la visión beatífica de Dios.
Ignoramos si Dios hará algo con los niños para darles la gracia santificante, pero no lo ha revelado. Y por esto el Catecismo de la Iglesia Católica que publicó Juan Pablo II anima y apremia a que los niños sean bautizados cuanto antes.
"Haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a guardar todo lo que os he mandado” (Mt. 28, 19)
“Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizare, se salvará; el que no creyere, se condenará” (Mc. 16, 15)
Dos condiciones para salvarse: creer y bautizarse. Y sólo una para condenarse: no creer. Creer en el Evangelio es abrirse a la luz, es convertirse, es querer ser discípulo de Jesucristo Después viene el bautismo que me hace hijo de Dios, heredero del cielo y participe de la naturaleza divina.
Para salvarse hay que morir en gracia. Tener la gracia santificante