viernes, 30 de mayo de 2008
XLIX
Conversación con Barrabás en una posada




Jesús +++ 5 de Julio de 1996


Cuando salimos de la hacienda pude notar aflicción en los ojos de Juan. Era la tristeza propia de dejar a una buena amiga de la misma edad.

–Juan, ¿por qué no diriges la oración?
–¿Yo, Señor?, ¿No debería hacerlo algún otro? –preguntó con una mirada esperanzadora ahora en su rostro.
–No, Juan, me gustaría mucho que fueras tú quien lo hiciera.
–Sí, Señor, si Tú quieres, lo haré –dijo ahora, ya no tan triste.

Juan comenzó con un salmo sobre la misericordia de Dios; pronto todos nos habíamos unido. Cuando terminó este salmo, empezó otro, y luego otro. Realmente disfrutaba de poder dirigir la oración, y tanto Mis discípulos como Yo nos alegramos mucho por él. Al terminar el tercer Salmo, Juan siguió con otro, esta vez sobre la grandeza de Dios. Pasaron varias horas hasta que se detuvo. Entonces se acercó a decirme:

–He disfrutado mucho, Señor, me he sentido tan bien que sería capaz de orar durante todo el día, aunque no estoy seguro de que los demás quieran.

Pedro, que en esos momentos caminaba a Mi lado, respondió:


–A mí me gustaría mucho unirme contigo en la oración el resto del día. A mí también a mí, me hace sentir bien.
Sonreí por la fortaleza que Mis discípulos estaban encontrando en la oración, aún cuando a menudo no se daban cuenta de ello.
–¿Te parece bien, Señor? –preguntó Juan.
–Sí, amigo Mío –sonreí.
Juan se volvió a los demás –El Señor ha dicho que podemos orar todo el día. ¿Os unís conmigo?

Mis discípulos le sonrieron con entusiasmo, pues estaban de acuerdo con su sugerencia. Hasta Judas parecía contento. Pasamos el día entero en oración y cuando cayó la tarde llegamos a un pueblo bastante grande.

–Por favor, ve con Simón y busca algún alojamiento donde nos podamos quedar –le dije a Judas, que sonrió al conocer que, al menos esta noche, dormiría cómodo.

Al poco rato Judas y Simón regresaron:

–Maestro, hemos encontrado una habitación en una posada a un precio razonable –sonrió Judas.

–Sí Señor, no está lejos de aquí y parece que tienen un cuarto para nosotros.

–Bien, entonces está decidido, nos quedaremos ahí –dijo Pedro, en voz alta. Me giré a mirarlo, viendo cómo mejoraba su capacidad de liderazgo y cómo los demás lo aceptaban.
–Pedro, –le dije, –quizá sea prudente ver primero la posada y averiguar qué clase de persona es el dueño. ¿Recuerdas el último mesón en el que nos hospedamos y aquélla pobre muchacha?
Pedro Me miró –Sí Señor. Tienes razón como siempre. Iré con Judas y Simón a hablar con el propietario.

–Pero Señor, ese albergue está bien –se quejó Judas, mientras Simón asentía.
–Que os acompañe Pedro, y si no encuentra objeciones, entonces ahí nos quedaremos ahí –respondí.
Judas y Simón, parecían desilusionados, como si no confiara en su palabra, así que les dije –Habéis hecho bien en encontrar un lugar tan rápido, pero hemos de procurar evitar discusiones como la que tuvimos la última sobre la comida o el mal trato dado a la muchacha que servía. Seamos, esta vez, más cuidadosos. Es de prudentes el aprender del pasado para no errar en lo mismo en el futuro. A veces, un poco de prudencia puede evitarnos muchos problemas.

Los tres se dirigieron de nuevo a la posada mientras los demás nos quedamos en las inmediaciones del pueblo. Al rato regresaron corriendo –Maestro, tenías razón –dijo Simón con excitación.
–En esa posada están alojados unos zelotes y oímos que planean matar a los romanos del pueblo –agregó Pedro, –Llevan encima armas que lucen ostentosos. Señor, pienso que deberíamos quedarnos en otro sitio.

–Amigos Míos, si nos alejamos de los que están a punto de pecar, sin tratar siquiera de ayudarlos a permanecer en la senda correcta, en la senda de la bondad, ¿para qué estamos aquí? Mi Padre del Cielo Me ha enviado a vencer el pecado, así que si lo encontramos, no debemos huir, sino tratar de detenerlo.
–¡Pero, Señor, no podremos evitarlo. Los zelotes son muy temerarios! –gritó Judas nervioso.
–Tener miedo de resistir al pecado, sólo causa que éste crezca. Si confiáis en Dios y os mantenéis firmes en la verdad, no tenéis nada que temer. Venid, vamos a esa posada.

–Pero, Señor, ¿no habías dicho que debíamos ser cautelosos? –preguntó Simón visiblemente agitado de pensar en el enfrentamiento con los zelotes.

–Ser cauto no significa esconderse del pecado o tener miedo él. Ser cauto es ser prudente en las palabras y en los actos, defendiendo lo que es correcto. Ésta es la verdadera sabiduría –dije mientras Me dirigía a la posada. –Por otro lado, ser excesivamente cauto es tan malo como no tener precaución. La sabiduría está en el equilibrio.
Entramos en la posada y hablamos con el dueño acerca de nuestro cuarto y de la cena. –Si Te vas a quedar esta noche, ten cuidado, amigo mío, aquí hay gente peligrosa –Me dijo mirando de un lado a otro. –Yo si fuera Tú, me quedaría en mi cuarto y no saldría hasta mañana por la mañana.
–Gracias por el consejo, pero tenemos hambre y necesitamos comer algo –le contesté.
–Bien, entonces tened mucho cuidado con lo que decís y hacéis cuando vayáis a comer. Hay ciertos huéspedes que preferiría que se hospedaran en otra parte.
–Gracias por preocuparte, amigo mío. Seremos cuidadosos.

Nos mostraron dos cuartos que teníamos que compartir. Nos reunimos todos en uno de los dos –Pase lo que pase esta noche, no os enojéis, mantened la calma, confiad en Mí –les dije a Mis discípulos.
Llevé a Mis discípulos a una gran sala donde se estaba sirviendo la cena. Había tres o cuatro grupos de hombres conversando en voz baja. Algunos levantaron la vista cuando entramos, Yo, incliné la cabeza saludando y sonreí. Unos respondieron al saludo, mientras que otros nos miraron con suspicacia.
Cuando nos sentamos, el propietario corrió con un cazo grande de caldo caliente que puso en el centro de la mesa. Los sirvientes nos trajeron pan –Recordad, tened cuidado, son tiempos peligrosos –nos dijo.
–Sí, –sonreí al posadero –gracias por la advertencia.

Cuando éste se retiró, dije a Mis discípulos –Oremos a Dios en agradecimiento por la cena que recibimos. –Juntos empezamos a agradecer a Mi Padre, pero algunos de Mis discípulos estaban excitados y el nerviosismo, les dificultaba el orar.

–Cuando oréis, olvidad todo lo demás y pensad sólo en Dios. Que todas las distracciones desaparezcan. Pensad en Su amor, en lo que hace en vuestras vidas. Después, orad con el corazón, con ese amor que tenéis por Él –les dije y seguimos con la oración lo que hizo que sus temores se desvanecieron.
Después empezamos a comer, lo que nos sentó muy bien tras un día entero de oración y ayuno.

Uno de los hombres del comedor vino hasta donde estábamos sentados e inclinándose hacia delante, apoyando las manos sobre la mesa, nos dijo bruscamente –¿Qué grupo es el vuestro? ¿De dónde venís?
Mis discípulos permanecieron en silencio y Me miraron.
–Yo soy Jesús de Nazaret, y éstos son Mis amigos.
–¿Tú eres Jesús, el Profeta? No lo creo, pareces tan insignificante –se rió. –Si realmente eres un profeta, dime cuál es mi futuro –golpeó la mesa.
–Amigo Mío, no hay necesidad de enojarse, todos somos hijos de Yahvé.

–Yo no soy tu amigo y te hecho una pregunta, ¿eres un profeta o no?
Pedro hizo un amago de levantarse, pero al mirarlo permaneció sentado.

Otro hombre se acercó –¡Déjalos en paz, ellos no hacen daño! Tenemos cosas más importantes que hacer. –Puso su mano sobre el brazo de su amigo, pero éste se zafó de ella y rugió –¡Quiero una respuesta de este llamado profeta y la quiero ahora!
–Amigo Mío,
–¡Que yo no soy tu amigo! –gritó de nuevo.
–Estás tan frustrado y enojado por la ocupación de los romanos, que te olvidas de quién es tu pueblo –al oírme Me miró como si Me fuera a matar. –Todos somos judíos, todos somos hermanos, todos debemos vivirlos los mandamientos que Yahvé entregó a Moisés, pues Israel ha sido escogido para ser en el mundo reflejo del amor de Dios.

–¿Los Mandamientos dices? –dijo en alto –¿te refieres a eso que sólo el pueblo judío ha de cumplir, mientras el resto se permiten el lujo de ignorarlos haciendo lo que les viene en gana? Mira, mira lo que los Mandamientos le han costado a nuestra tierra.
–Dios te dio esta tierra y sólo Él puede quitártela. Si confías en Dios, verás que se cumple Su voluntad.

–Yo sólo confío en mi espada y en mi brazo. Cuando mi tierra sea libre, entonces confiaré en Dios –dijo levantando su brazo derecho para mostrar sus abultados músculos.

–Un día serás anciano y, ¿qué ocurrirá entonces? –se limitó a mirarme –En un futuro próximo, cuando estés aguardando la muerte, para tu sorpresa y confusión, tus verdugos le darán al pueblo a elegir entre tu persona y la de un inocente, una elección para vivir o morir. El gentío te escogerá a ti y el cordero será llevado al matadero. En un principio estarás contento de poder vivir, pero más adelante, estarás lleno de remordimientos por el hombre inocente que murió en tu lugar.
–No hay hombres inocentes –me dijo confuso, –y aceptaré todo lo que merezca –continuó valerosamente.

–Entonces desearás haberlo aceptado –Me volvió a mirar, –esta noche tienes sed de muerte..., de muerte y venganza en el corazón. Recuerda los mandamientos que Moisés trajo de la montaña. Son para ti y para todos. “No matarás” es un mandamiento de Dios y romperlo es condenarte al infierno. Dios te observa y un día tendrás que responder ante Él por cada uno de los pecados que cometas. Vive los mandamientos, amigo Mío, y vive como Dios quiere que lo hagas –le dije, mientras toqué su manó.
Todavía Me estaba mirando cuando uno de sus compañeros lo llamó –Barrabás, hemos de irnos. Hay mucho que hacer esta noche.

Por un momento quiso quedarse Conmigo, pero se volvió y dijo a sus amigos –Prefiero hacer este trabajo en otra ocasión, hoy no, vayámonos de este lugar. –Los otros zelotes que lo acompañaban se quedaron confusos, así que les gritó –¡Nos vamos!

En unos minutos salieron y la habitación quedó en silencio hasta que Judas dijo –Ese Barrabás es un hombre valiente.
–No, Judas es un hombre confundido, un hombre que llevará una pesada carga en su corazón en los tiempos que han de venir.

Al terminar de cenar regresó el posadero –Estoy muy contento de que se hayan marchado por fin. Eran un problema.

–No, no eran un problema, sólo que están confundidos; pero esta noche, por lo menos, no harán daño a nadie. Si todos vivieran los mandamientos de Mi Padre, la vida no sería tan dura… –dije levantándome, para ir a la habitación a descansar, mientras pensaba en cuántos son los que cierran el corazón a la Voluntad de Dios.



J
e
J e s ú s
ú
s






































Publicado por mariamensajera @ 23:25  | Artículos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios