viernes, 30 de mayo de 2008
Según datos históricos, Pilato era un hombre terco y orgulloso. Se le atribuían crueldades de todo tipo para poder reprimir cualquier sedición o asomo de rebeldía que hubiera en su jurisdicción. Por anteriores conflictos internos con las autoridades judías les tenía a ellos cierta inquina, unido a cierto temor en disgustarles.
Este miedo, en su caso, estaba justificadísimo, porque según nos dicen algunos historiadores de su época, Tiberio había ordenado que se respetaran las costumbres nacionales de sus súbditos, y Pilato por haberse empleado con dureza al principio de su mandato, había recibido una severa represión por parte del César. No podía volver a ocurrir, y esto lo sabía bien Pilato.

Pero los judíos también lo sabían, y muy astutos deciden aprovecharse de estas circunstancias y de las condiciones psicológicas de aquel gobernador de justicia con quien iban ahora a pleitear. Llegaron al amanecer los sacerdotes del Sanedrín al Pretorio con la conciencia manchada por la sentencia de muerte injusta que acababan de dar contra Jesús y querían simplemente que el gobernante de Roma se la confirmase. Una simple formalidad, nada más.

A Pilato no le sorprendió la visita. Estaba al tanto de la prisión de Jesús, pero quería proceder con justicia, de la que tanto se preciaban los romanos. Por eso preguntó:

“¿Qué acusación traéis contra este hombre?” (Jn. 18, 29)

Los judíos se irritan con esta pregunta. A qué venía esto ahora. Sabían que ninguna de las acusaciones contra Jesús tenía suficiente peso jurídico como para arrancar de la justicia romana una sentencia condenatoria justa. Por eso pretenden que baste su sola autoridad en el pretorio para que se ratifique su veredicto. De ahí que le dijeran:

“Si éste no fuera malhechor no te lo hubiéramos traído” (Jn 18, 30). Es decir: Somos la autoridad suprema del pueblo judío. Tú no debes más que confirmar nuestra sentencia, ratificar lo que nosotros -jueces honorables y respetabilísimos-, te presentamos a ti.

A Pilato le molesto esta sonora impertinencia, y por eso les dijo:

“Pues tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley” (Jn. 18, 31). Como si dijera: Si basta vuestro minucioso examen, que baste vuestra sentencia, que yo –juez romano nombrado por el César- no puedo condenar tampoco a nadie sin saber por qué.

Los judíos, entonces, le dijeron: “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie” (J. 18, 32).

Lo sabía muy bien Pilato. Sabía que sin su permiso no podían ejecutar una sentencia de muerte. Por eso quiso hace valer su autoridad ante ellos.

Comprenden los judíos de que tendrán que alegar alguna acusación. Decir que Jesús se hacía pasar por Hijo de Dios no era ningún delito para un pagano. De ahí que propusieran razones civiles que pudieran tener algún interés para Pilato y pudiera tomarlas como alegato ante el César de su sentencia mortal. Y dijeron:

“A éste le hemos hallado amotinando nuestra gente y prohibiendo dar tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey” (Lc. 23, 2)

Tres acusaciones muy graves, pero de las que Pilato enseguida se dio cuenta que eran falsas. ¿A qué venía este repentino amor por Roma? Es verdad que a Jesucristo de Nazaret le seguían muchedumbres, pero ningún motín había promovido con ellas. Nunca había tenido que intervenir con la fuerza pública para someter algún posible alboroto. Aquellas reuniones de signo religioso no tenían nada de revoltosas, sin descartar los buenos informes que el centurión romano habría seguramente dado a Pilato.

Que prohibía pagar tributos al César era otra mentira comprobable fácilmente por Pilato. Seguramente estaría al corriente de cómo había respondido a sus enemigos pocos días antes con aquella salida ingeniosa de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La prueba es que no hizo comentario ni siquiera alusión alguna a esta acusación. Es probable que esto le ganara hasta simpatías por parte de muchos oficiales romanos, indiferentes al mesianismo religioso de los judíos

Que se hacía Mesías rey. Falso también. No le constaba a Pilato que se hiciese llamar rey. En sus predicaciones, según le habían informado sus espías, hablaba de que si no se convertían a Dios “todos perecerían de semejante manera” (Lc. 13, 3) como aquellos galileos que murieron de manos de Pilato en el templo, que Él no había venido a ser servido sino a servir, que Él era la luz, el camino para ir al Padre, pero nadie le había dicho absolutamente nada de que pretendiera hacerse rey o querer alzarse con las armas contra el Imperio de Roma. Sin embargo, esta acusación quiso Dios que le impresionara. ¿Por qué? ¿Aquel hombre de porte majestuoso, de dignidad regia y mirada franca, habría podido decir alguna vez algo así? ¿Y si fuera Rey, el Mesías esperado de la que hablaban los oráculos? ¿Quién sería realmente aquel hombre?

Pilato empezó a sentir cierta simpatía por la figura impresionante que tenía ante él, y no descartamos tampoco algo de admiración y hasta de respeto hacia su persona atrayente. Por eso le dijo, no por curiosidad, sino movido por la misma gracia de Dios que le iluminaba “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Jn. 18, 33). La prueba de que la gracia actual estaba trabajando en Pilato fue la contestación de Jesús: “¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? (Jn. 18, 34). Es como si le dijera: ¿lo quieres saber de verdad por tu propio interés personal?

“MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO”


Pero Pilato, viéndose sorprendido por esta pregunta, se siente de repente avergonzado por ese anhelo de interés que su alma ha sentido ante la persona regia de Jesús, y le dijo: “Acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí ¿qué has hecho?” (Jn. 18, 35)

Jesús, si observan, le contesta a la otra pregunta anterior, la que le había hecho poco antes Pilato con sinceridad. Quiere salvarlo, llevarlo como a la samaritana hacia Dios.

“Mi reino no es de este mundo. Si el reino mío fuera de este mundo, los soldados míos habrían luchado para que no cayese en manos de los judíos. Mas el reino mío no es de aquí” (Jn. 18, 36)

Jesús no le habla a Pilato como un escolástico, alegando que era Rey en cuanto hombre por ser hijo de David, y en cuanto Dios por ser Uno con el Padre. No, Jesús quiere salvar del infierno a un hombre confundido y desea por encima de todo que eleve su mente y su corazón hacia miras de eternidad más altas. Que piense que después de esta vida que pasa hay otra mejor, y que Él ha venido a la tierra para salvarnos, esto es, para conducir como buen rey a las almas hacia ese último fin al que estamos destinados.

Pilato lo entendió perfectamente y lleno de asombro preguntó, casi con exclamación de gozo: ¿“Luego tu eres rey”?. (Jn. 18, 37). Como si dijera: “Tú eres Él”

“Tú lo dices”, dijo Jesús. Así es, Yo soy rey. Y añadió: “Para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Como si le dijera: La misión de un rey es conducir a su pueblo hacia el bien común, el bienestar temporal. La mía, como Rey eterno, hacia la felicidad absoluta. Todo el que busca la verdad con rectitud sincera, Me encuentra.

Era tal el acento de bondad con que hablaba Jesús, que el juez quedó convencido de su inocencia, pero ¿cómo salvar a Jesús sin perder él su posición y su cargo? Aceptar la verdad, la proposición que el Mesías le ofrecía, pasaba por perder, por enfrentarse con los judíos y con el poder de Roma. ¿Tenía que perder su cargo, su posición y aun su vida temporal para salvar aquel inocente que le aseguraba la felicidad eterna? No, imposible.

Por eso, contestó: “Y ¿qué es la verdad?” ¡Seamos prácticos y realistas!

Pilato no quiso escuchar a la Verdad. Intuía lo que le exigía, algo le decía que en aquel Hombre había algo superior fuera de la normal, pero se apartó de Jesús y salió fuera… Y aunque confesó la inocencia de Jesús con palabras como “Yo no encuentro en él culpa alguna”, buscaba el medio de salir del aprieto sin arriesgar su cómoda y privilegiada posición. Primero, si se acuerdan, lo mandó a Herodes, después utilizó la votación democrática del pueblo para que votasen en favor de Jesús y no del terrorista Barrabás. Y al final –aunque con el deseo de salvarlo- decide cometer una cruel injusticia: castigarlo con la flagelación romana para que todos se muevan a compasión. Pero antes de esto, cuando aún estaba con lo de Barrabás, la gracia le da una nueva oportunidad:

UN AVISO DEL CIELO

Cuando vacilaba Pilato en la actitud que debía tomar, un aviso oportuno vino en su ayuda para empujarle hacia la justicia, hacia su paz interior.

Su esposa, que según las costumbres romanas no podía acercarse al estrado donde estaba Pilato, le envió un recado apremiante:

“No procedas contra este justo, pues hoy en sueños he sufrido mucho con motivo de él” (Mt. 27, 19)

Se cree fundadamente que el sueño de aquella no fue producto de su imaginación ni intervención diabólica sino aviso del cielo.

Los romanos de entonces daban mucho crédito a los sueños. El aviso de su esposa debió hacer honda impresión en Pilato, pero la pasión cierra los oídos del alma a todas las inspiraciones, y lo mandó azotar, prefiriendo seguir con su plan político de contentar a todos, que de obrar como debía. Quería salvarlo, pero sin pagar precio.

Dice San Ambrosio: “Avisaba la esposa. La gracia resplandecía en medio de la noche. La divinidad se imponía y a pesar de todo no trocó la sacrílega sentencia”.

SE HA HECHO HIJO DE DIOS

“Dijo Pilato: He aquí el hombre. Cuando lo vieron así, los príncipes de los sacerdotes y los ministros, gritaron: Crucifícale. Pilato les responde: “Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo no encuentro en él causa” (Jn. 19, 5 y ss). Pilato quería escapar de la dificultad como fuera, es como si se diera cuenta de lo que se jugaba. ¿O la vida temporal o la vida Eterna? Pilato quiere las dos, pero ¿es eso posible? Todo parece que tendrá que decidir, que deberá resolver. Estando en este dilema, Dios le envía una nueva gracia para ayudarle, pero esta vez a través de la boca de los mismos enemigos de Jesús.

“Nosotros tenemos una ley, y según la ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios” (Jn. 19, 8). Dice el Evangelio de San Juan que cuando Pilato oyó esta afirmación de la divinidad de Jesús temió más. Y asustado entró de nuevo a ver al Señor y le dijo: “¿De dónde eres?” (Jn. 19, 10), pero Jesús ya no le contesta. Es un silencio elocuente. ¡Qué terrible es el silencio de Dios!, pero no por eso menos expresivo. Era como si le dijera con la mirada: Ya sabes quién soy y de dónde vengo. Elige lo que debes hacer y te salvarás.

Pero Pilato, en un grito angustioso, amenazador y suplicante al tiempo, le dijo: “¿A mí no me respondes? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”

Aun sin saberlo era una oración sincera de lo más profundo de su ser, y entonces Jesús le contestó, recordándole de que todo su poder le venía del cielo, es decir, de su Padre Dios, de Él… “No tendrías sobre mí ningún poder si no te hubiera sido dado de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti (los príncipes de los sacerdotes) tiene un pecado mayor”. Jesús está señalándole su estado actual de pecado, el haber actuado injustamente, sabiendo perfectamente además que era inocente y que era El Mesías y el Señor. Pero aún tiene remedio, aún puede cambiar y salvarse, aún no ha llegado su alma al techo de soberbia directa contra Dios, aún merece que Jesús le hable, pero debe obrar con arreglo al cargo de justicia que Dios le ha dado, sin dejarse influir por las presiones ni las amenazas, sin buscar salvar su vida… o la perderá.

Ésta es la triste historia de Pilato, y la de muchos. Dios nos va a dar en esta Semana Santa muchas gracias, muchas nuevas oportunidades de salvación, pero para que obremos como debemos, venciéndonos sinceramente. “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os aseguro que muchos lo intentarán, y no podrán”. (Lc. 13, 24) El caso de Pilato es un modelo, un triste ejemplo en el que tenemos que mirarnos y del que podemos ampliamente reflexionar.



Comentarios
miércoles, 09 de diciembre de 2009 | 4:36
me consterno enrmemente este relato de poncio pilatos, yo nunca lo habia leido en ningun otro lado.