viernes, 30 de mayo de 2008
En la revista del mes de noviembre 2007, si os acordáis, hablábamos de la oveja desvalida, que sigue con humildad a Jesús, poniendo en Él su única esperanza. En esta ocasión hablaremos del pobre de espíritu, o dicho con otras palabras más claras, de la pobreza evangélica como liberación de las ataduras, que me impiden ser feliz porque se interponen entre Dios y mi alma.

Para evidenciar a los hombres el ideal de la pobreza, Jesucristo ha venido a la tierra y ha seguido el método pedagógico del ejemplo. Las palabras mueven, pero los ejemplos conmueven. Y la primera lección que nos da es elegir a una Madre humilde, virgen, pura y pobre. Y a esa Madre la elige de la última aldea de Galilea: de Nazaret. ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn. 1, 36), que decía extrañado el Apóstol Bartolomé. Y a esa Madre la ha escogido Dios para venir a la tierra a ocupar el último lugar. Jesús no hizo alarde de su categoría de Dios, se despojó de su rango y se hizo el siervo de Yahveh, que no ha venido a ser servido sino a servir y dar Su vida en rescate por todos.

Y Jesucristo nace en un pesebre. Programa para nosotros: pobre en Belén Y frente a un mundo como aquel, cimentado en la soberbia y en el que se rendía culto a las riquezas, Jesús abre la boca y nos dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 3).

Cuando Jesús pronunció la 1º Bienaventuranza se encontraba ante un auditorio como suelen ser los hombres. Un público seducido por las vanidades de esta vida. Un auditorio acostumbrado a llamar felicidad a la riqueza y desgracia a la pobreza. Y delante de ese auditorio, como si tratase de la verdad más trivial, Jesús abre sus santos labios y dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos”. Jesucristo dice la verdad, y la dice con paz y con amor. El sabe que hay una distancia infinita entre los bajos pensamientos de los hombres y la verdad de Dios. El sabe que esta enseñanza va a ser piedra de escándalo, que la mayor parte resistirán en sus corazones la luz de esta santa doctrina, pero no cede en su postura. Cristo es radical cuando se trata de algo trascendente. Y es que en la vida no hay más que dos caminos, como no hay más que dos términos. Un camino que lleva a la vida, que es la dicha; y otro que lleva a la muerte, que es la condenación. “No se puede servir a dos señores” (Mt. 6, 24), dirá el Señor más tarde. Y esta imposibilidad nace del hecho de que la riqueza deriva, atrae hacia sí, una de las actitudes más queridas para Dios: la confianza en Él.

LA POSESIÓN DE LAS RIQUEZAS

Ante todo decir que la posesión de riquezas, por sí mismas, intrínsecamente consideradas, no son malas. La riqueza es creada por Dios. Dios es muy rico y comunica distintos tipos de riqueza a sus criaturas. Pero observen que de la riqueza podemos hacer uso con codicia o sin codicia. Podemos usar de los dones de Dios rectamente o desordenadamente. El mal, por tanto, no está en la riqueza en sí sino en la voluntad del hombre, que hace mal uso de ella.

El pecado original hirió de tal forma nuestra naturaleza humana, que los apegos a los que continuamente sucumbimos, llegan a ser una auténtica prisión. Aunque esta prisión esté llena de ilusiones, estamos encerrados en ella, porque somos esclavos.

¡Y qué difícil es liberarnos de la cárcel de las ilusiones! En muchas ocasiones una simple llamada no es suficiente. Para entrar en la fortaleza interior de nuestro egoísmo, Dios tiene que realizar una verdadera conquista, demoler las barricadas del corazón y reconstruir nuestro interior, no como a nosotros nos gusta, sino como le agrada a Él. Y esta operación quirúrgica es sangrante para el alma que la padece. Es una verdadera purificación que Dios opera en el alma de los que quiere salvar.

La pobreza evangélica, la pobreza de espíritu, no consiste en la indigencia material, contra la cual siempre hay que luchar. Es la libertad del corazón que libre de ilusiones puede elevarse sin ataduras hacia Dios, amándolo sobre todas las cosas.

Le preguntaba el Señor para probarla a Dolores Avalos: “¿Si yo te pidiera que abandonaras tu casa para ir a vivir a un suburbio, lo harías?”

Dolores le contesta: “Señor, lo haría. Me costaría mucho, pero tengo claro que lo haría. Lo primero para mí es hacer tu voluntad. Sin embargo, pienso en esas personas que deciden, por tu amor, ser pobres con los más pobres y me siento muy poca cosa. Me espanta la pobreza”

“Yo no te he pedido que abandones ni tu casa ni a los tuyos. Si no tuvieras familia, sería diferente. Pero yo te di una familia que debes cuidar, que debes atraer hacia mí. Te di un medio de vida, para que vivieras honestamente, y te di el amor para que, en tu estado, te ofrecieras a los demás”

En otra ocasión, Dolores le dice:

“Yo pienso que no amo lo suficiente, pues me espanta la miseria física”.

El Señor la dice:

“Te has entregado a tu Señor de todo corazón y crees que sólo el que se despoja de lo material, llevando una vida de miseria, está con Dios. Bien, eso no es cierto. El hombre que ama a Dios lo puede amar desde su propio nivel social; debe cumplir cristianamente con sus obligaciones. El hombre que comprende mi ley de amor y caridad debe ser humilde de corazón y de alma. Debe saberse nada delante de Dios y no considerarse más que su hermano, aunque éste sea un mendigo”

En nuestras manos está el convertir esa riqueza dada por Dios en ocasión de pecado, lo que de suyo bien empleada podría ser medio de salvación

LAS RIQUEZAS NO SON MALAS, PERO…

Sin embargo, una vez asentado este principio, avancemos un paso más. Las riquezas, miradas a la luz de la revelación no son malas, pero sí peligrosas.

El Evangelio nos dice: “Porque donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt. 6, 21). Por consiguiente, aunque la posesión de las riquezas, por sí mismas, sean lícitas, tienen la fuerza peligrosa de esclavizar nuestro corazón, y que se conviertan en un dios al que le rindamos culto. Ese es el peligro.

“¡Ay de mis hijos! –le dice la Virgen María el 28 de marzo de 1995 a Dolores Avalos- ¡Ay de aquel que levanta la cabeza con orgullo por creer que es dueño de todo! Morirá sin misericordia divina. ¡Pobres hijos míos! ¡Cuánto lloro por ellos!”

Para encontrar la felicidad en este mundo, el verdadero tesoro, la perla oculta de la que nos habla el evangelio, tenemos que ver que todas las cosas y asuntos temporales, en los que ponemos normalmente nuestro corazón, son sólo bisutería falsa y basura. Al perseguirlas como a espejismos, es fácil extraviarse y perderse. El hombre que, lleno de codicia y deseos de poseer, corre tras espejismos de riqueza, y no sólo en el ámbito de los bienes materiales, vive cada vez más atormentado. Dios le llama en la oración con gracias actuales para descubrirle que la salvación se encuentra en la actitud de pobreza de espíritu, que libera su corazón atormentado de las ataduras.

El Nuevo Testamento considera privilegiados a los pobres de espíritu, es decir, a quienes hacen uso de las cosas de este mundo, como si en realidad no las usaran, recordando que la “apariencia de este mundo pasa” ( 1 Cor. 7, 31)

Sólo quien es de verdad pobre de espíritu busca a Dios sinceramente, porque su corazón libre ya de los deseos terrenos que le hacen sufrir, se dirige hacia Él sin obstáculos. El pobre de espíritu es el que, al igual que la oveja desvalida, pone toda su esperanza sólo en Dios, no en los bienes de este mundo que pasan. El pobre de espíritu usa los bienes cuando Dios se los da, pero no se apoya jamás en ellos y está dispuesto a desprenderse de toda esa peligrosa riqueza si Cristo se lo pidiera. Para el pobre de espíritu lo importante es la Voluntad de Dios, y sólo Su Voluntad.

QUIEN QUIERA SALVAR SU VIDA, LA PERDERÁ

Le dice la Santísima Virgen a Dolores Avalos:

“A menudo, el que más cerca se cree estar, es el que más lejos está y el que más ayuda necesita”.

Aquí pasa como la oración del publicano y el fariseo. Necesitamos ser humildes como el publicano, conscientes de nuestro pecado y de nuestra miseria, y pedir a Dios que nos salve, pues nosotros solos no podemos. Todos somos muy ricos, y buscamos apoyarnos de alguna manera en nuestra riqueza personal para sentirnos seguros. Por eso el Señor nos dice:

“Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc. 9, 24)

Jesús habla de perder la vida, es decir, de perder todo lo que ata nuestro corazón y nos hace incapaces de seguir a Dios y de cumplir su voluntad. Es la actitud del mendigo del evangelio, que comprende que nada puede por sí mismo y que todo lo que recibe es gracia de Dios. Es la actitud del publicano que tiene presente su pecado ante Dios, y Dios lo perdona, lo justifica.

Son muchas las cosas que pueden ser objeto de nuestro apego o falsa seguridad: los bienes materiales (dinero..), nuestra posición social o el ambiente en que vivimos, la salud o las capacidades. Sin embargo, también pueden serlo los bienes espirituales. Todo esto constituye el capital material, intelectual y espiritual, en el que continuamente tratamos de encontrar nuestro sentimiento de seguridad, de estabilidad y de nuestro propio valor. Esto aumenta nuestro orgullo y nos da una falsa seguridad, que sin darnos cuenta nos aleja de Dios.

Dios nos visita para recordarnos que no somos propietarios de estos bienes, que todo lo que tenemos es don suyo, que se lo debemos todo a Él. ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? (1 Cor 4, 7). ¿Por qué te glorías de tus habilidades, cualidades, y logros, aunque sólo sea interiormente, en lugar de agradecer todo ello a Dios?. Cristo desea librarnos del tormento del orgullo, es decir, de la inquietud de buscar apoyo en todo lo que, de hecho, es tan inseguro e inestable.

Le dice el Señor a Dolores:

“El hombre, cuando es feliz, pocas veces se acerca a Dios, pues entonces no lo necesita. En general sólo se acerca a él en el sufrimiento”.

Y, en otra ocasión, dice Jesús:

“El hombre que no ama a Dios, se acerca a él cuando sufre. El sufrimiento purifica y hace que Dios y el hombre se acerquen entre sí. Dios se acerca al hombre con su misericordia, y el hombre a Dios por necesidad”

Y concluye:

“Lo que quiero que tengas claro, hija mía, es que, en este mundo, donde abunda tanto el pecado, el hombre ha de sufrir las consecuencias de su pecado. Dichas consecuencias, que son el mal que ha de sufrir, no son producidas por Dios, sino por el hacer del mismo hombre. Dios va a socorrerle y le ayuda con un amor salvífico, pues acoge sus sufrimientos para acercarlo a su Corazón, amarlo y perdonarlo: es el gran perdón de Dios”

ACEPTEMOS PERDER

Perder la vida, aceptar el sufrimiento, volvernos pobres, suele ser un proceso largo. Para muchos de nosotros, el tiempo de nuestra vida en la tierra no será suficiente para acabarlo. Podremos llegar a ser pobres de espíritu, ya en este mundo, si aceptamos voluntariamente la gracia de las purificaciones espirituales. Si no, tendremos que volvernos pobres de espíritu después de la muerte, en el Purgatorio.

Mientras no demos la espalda a todos los tesoros ilusorios y no nos volvamos hacia Dios, no podremos gozar de la plena libertad del corazón.

Dios conoce nuestra debilidad y, por eso, nos va llamando gradualmente a través de diversos acontecimientos. En un primer momento nos propone que apartemos nuestro corazón sólo a una pequeña parte de lo que nos ha dado, por ejemplo a algunos bienes materiales.

Desgraciadamente, esto resulta ya algo demasiado difícil para muchos; de este modo el regateo con el Señor se prolonga durante años, con frecuencia hasta la muerte.

Sucede así porque con frecuencia somos esclavos de las ataduras aparentemente inocentes. Nos hemos acostumbrado a un determinado nivel de vida, y no nos imaginamos que pueda disminuir. Quizá no seamos ricos de hecho, pero somos “ricos en deseos”, estamos llenos de pretensiones, atrapados por la codicia de poseer cosas o de ser algo. Esos deseos son nuestros verdugos, que nos azotan, que nos impiden ser felices, atrapados en la esclavitud idolátrica del deseo de riqueza. A menudo esos deseos pueden provocar en nuestra vida no sólo inquietud y sufrimiento, sino depresiones y hasta enfermedades.

Ante este drama existencial, aparece la llamada de Dios exhortándonos a la pobreza y diciéndonos:

No encontrarás paz ni felicidad mientras no comiences a apartar tu corazón de las ilusiones para volverlo hacia Aquel que te llama.

A quienes vivimos atormentados por nuestros deseos de riqueza (sea riqueza física, intelectual o espiritual) la Luz de Dios desea mostrarnos el camino humilde de la verdadera libertad de los hijos de Dios, que es el de la pobreza de espíritu, el de la humildad, el del despojo de los afectos a las cosas del mundo.

Seguir el camino de la pobreza no nos conduce forzosamente a perder las cosas, sino apartar el corazón de ellas para que no nos esclavicen. Sin embargo, si el apego es tan fuerte que resulta imposible romper sus cadenas, se hace imprescindible perder lo que nos esclaviza, para que el corazón sea por fin libre para el Señor.

Decía San Bernardo que hay cuatro clases de hombres que entran en el cielo: Unos por su fortaleza; otros, porque lo compran con su dinero; otros, porque lo roban; y otros últimos porque los lleva Dios a la fuerza.

1º Conquistan el reino de los cielos con fortaleza los que renuncian evangélicamente a los bienes temporales. Estos son los pobres de espíritu. El acento hay que ponerlo en el afecto del corazón, aunque dispuestos a dejar las riquezas efectivamente si fuera esa la voluntad de Dios.

2º Compran el Reino de los Cielos aquellos que con limosnas, favoreciendo a su prójimo, alcanzan la misericordia divina y que Dios los acepte en su gloria

3º Roban el reino de los cielos los que secretamente distribuyen sus bienes a lo largo de la vida en obras de caridad, cuidando de cumplir que su mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.

4º Y entran forzados aquellos que están de suyo apegados a los bienes terrenos, pero el Señor los quiere salvar y les envía desgracia tras desgracia. A estos les corta el Señor todos los caminos de la riqueza, los desposee de sus propios bienes, y con esos golpes internos, que están dirigidos por su Providencia Infinita, les obliga a caminar por las sendas de la pobreza. Esos tales, aunque cometan alguna falta en medio de su desgracia, con tal de que tengan un mínimo de paciencia, y acepten, por lo menos sin grandes rebeldías, las pruebas que el Señor les manda, se salvarán; pero se salvarán a empujones, esto es, a la fuerza. Nuestro Señor los salva casi sin que ellos quieran.







Publicado por mariamensajera @ 23:46  | Artículos
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