“Andaré y pondré mi asiento en medio de vosotros. Iré donde me quisiereis llevar. Me pasearé por vuestras calles” (Levítico 26, 11)
El pasado día 24 de mayo, en Zaragoza y en muchas otras partes de España, se celebró con toda solemnidad el día del Corpus Christi (Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo). La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es el centro nucleico de la liturgia católica; porque no se trata sólo de una fiesta religiosa, de un recuerdo más de nuestra salvación, como puede ser la Navidad o la Resurrección del Señor, sino de la misma salvación. No se trata de un recuerdo, sino de la misma realidad actual y presente.
No hay ningún recuerdo más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.
Fue muy emotivo el ver al mismo Señor, expuesto en una custodia muy bella, con los niños de primera comunión, pasear por nuestras calles de Zaragoza, y detrás de Él, al Excmo Sr. Arzobispo de Zaragoza, Mons. Manuel Ureña, acompañado de su Cabildo, los canónigos...etc., junto con el Ilmo. Alcalde de la ciudad, Sr. D. Alberto Belloch, acompañado éste de la mayoría de sus concejales del Ayuntamiento. Es bonito contemplar en estos tiempos a las dos máximas autoridades representativas de Zaragoza, la eclesiástica y la temporal, reconocer de alguna manera tácita la Persona Divina y Sacratísima de Cristo. Ambas autoridades representan de alguna manera al poder regio de Cristo: el poder divino, correspondiente a su naturaleza divina, y el poder humano, que corresponde a su naturaleza humana. Detrás de las dos Autoridades mencionadas, la Autoridad religiosa Eclesiástica y la Autoridad civil Temporal, íbamos nosotros: el pueblo. El pueblo fiel y el menos fiel, y mientras los primeros cantaban alborozados “laudate Dominum”, los segundos portaban, -eso sí silenciosamente- unos letreros con los que pretendían manifestar su desacuerdo público por el acto religioso que tenía lugar, atacando al Ayuntamiento por haber dado valientemente la cara y participado con todo su firme y entusiasta protagonismo en el acto de rendir culto y pleitesía al Santísimo Sacramento.
Grandes son las obras que ha hecho el Señor: en la Encarnación cubrió su ser divino con una cortina de carne para que lo pudiéramos ver. En la Eucaristía cubre no sólo lo divino, sino también lo humano, para que lo podamos comer. Dice santo Tomás: “El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres”. Por tanto: En la Encarnación Dios entraña al hombre; en la Eucaristía en cambio es el hombre el que entraña a Dios. En la Encarnación, la unión de Dios fue con una sola naturaleza singular, que es la naturaleza humana de Cristo. En la Eucaristía, la unión es con cada comulgante que le recibe y se hace una sola unidad con él.
Por su nacimiento en Belén el Verbo de Dios se hizo nuestro compañero; por su muerte en la cruz se hace nuestra Víctima; y por su Presencia sacramental es nuestro consuelo, nuestro alimento, nuestras delicias y nuestro cielo. El fiel –el que crea en Él- jamás se apartará del Señor, en la procesión del Corpus, sin oír una voz silenciosa, sin ser enriquecido de una fuerza sobrenatural, sin llevar en su alma un sello profundo de hambre y desea porque reine Cristo.