¿Cuándo murió San José?
Sin duda murió poco antes de comenzar Jesús su vida pública, pues no vemos que aparezca, por ejemplo, en las bodas de Caná, que parecía cosa lógica su asistencia, ni en tantas otras narraciones de milagros y hechos de Jesús, y, sobre todo, cuando Él muere en la Cruz ¡jamás hubiese abandonado San José a su Jesús en ese trance si hubiera vivido!. Que San José ya había muerto, nos lo confirma el hecho de que Jesús encomienda los cuidados de su propia Madre a Juan, dando a entender que ya no existía José, pues si no, es obvio que la hubiera confiado a su Castísimo Esposo.
La Tradición sitúa la muerte de José entre los 50 o 55 años, asistido por Jesús y María, y, que Jesús mismo le animaría a esperar la felicidad eterna, prometida a los que aman al Señor. Su muerte fue la más apacible y tranquila que pueda gozar el justo.
También nos dice la Tradición que el cuerpo de San José no sufrió la corrupción y resucitó el mismo día de la Resurrección de Jesús, como dicen varios teólogos, entre ellos Gerson, Suárez y otros, quienes lo incluyen en el número de los resucitados en aquel día (Mt 27 53). Todos estos honrarían la resurrección del mismo Jesús, y el día de la Ascensión subirían con Él al cielo, y el primero de todos, San José, por ser el padre virginal de Jesús.
La historia
De esta hermosa devoción se hallan vestigios desde los primeros siglos del cristianismo, empezando por Oriente y extendiéndose después por Occidente. En los siglos IV y V y siguientes encontramos panegíricos del Santo predicados por Doctores y Santos Padres de la Iglesia, como son, entre otros: San Agustín, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, y les siguen San Epifanio, San Bernardo, San Bernardino de Siena, el célebre Juan Gersón, místico, canciller de la Universidad de París, etc. y en nuestro Siglo de Oro, hallamos a la gran doctora Santa Teresa de Jesús, que, movida por su amor a este insigne Patriarca, logró adelantar en la Iglesia de Dios esta devoción en su honor.
Esta Santa, que puso a varias de sus fundaciones el nombre de San José, y en todas colocó su imagen, dijo: "No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. A otros santos, parece que le dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; de este glorioso santo, tengo experiencia que socorre en todas (...) No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud, porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan".
Los últimos Papas, especialmente, han contribuido en gran manera al florecimiento del culto a San José. Desde Pío IX que los proclamó en 1870 "Patrono de la Iglesia Universal" hasta Juan Pablo II, no han cesado de exaltarle.
La experiencia de Santa Teresa de Jesús
Nos cuenta Ana de Jesús (Lobera), compañera de la Santa, en los procesos de beatificación, cómo se les apareció San José cuando iban camino de Beas de Segura, para fundar en aquélla villa un nuevo "palomarcico": "Perdidos en los riscos de Guadaldinfierno, abocados a unos precipicios horrorosos de corte vertical de unos 300 metros de profundidad, la Santa recomienda a las ocho monjas que pidan a Dios y a nuestro Padre San José que nos encaminen, porque íbamos perdidos, y en esto oyen una voz potente que sale desde la abisal hondonada, "una hondura muy honda", que les dice:
"Teneos, tenéos, que vais perdidos y os despeñaréis si pasáis por ahí". Con las indicaciones del misterioso personaje, surgido de improviso, se encuentran en camino franco; algunos quieren ir a buscar al hombre para agradecerles el haberles salvado la vida.
Mientras ellos buscan al hombre, la Santa dice a sus monjas con mucha devoción y lágrimas: "No sé para qué le dejamos ir, que era mi padre San José y no le han de hallar". Realmente San José iba al lado de la Santa para protegerla.
Historia y devoción de los siete domingos y siete dolores y gozos de San José
Un antiguo y venerable autor italiano, Juan de Fanno, citado por el Padre Jerónimo Gracián, autor carmelita de un libro que tituló "Josefina", y otros escritos, nos cuentan el siguiente episodio:
"Fray Juan de Fanno, en su historia de San José, cuenta que navegaban dos Padres de la Orden de San Francisco para Flandes, y naufragó la nave en que iban trescientas personas. Los dos se abrazaron a una tabla y anduvieron tres días con sus noches sobre las ondas del mar, encomendándose al glorioso San José, de quien eran muy particularmente devotos. Al tercer día, se apareció en medio de ellos, sobre la misma tabla, en figura de un hermosísimo joven, les saludó afablemente, confortó sus ánimos abatidos y alentó las fuerzas de sus cansados miembros, y sanos y salvos llegaron a salvo. Los buenos frailes, como se vieron en tierra, hincaron sus rodillas, dieron gracias a Dios por tan gran beneficio, y, al joven que les acompañó le suplicaron encarecidamente les dijese su nombre: él les declaró ser San José, y les descubrió los siete grandes dolores y siete gozos que recibió en los siete misterios, de que se tiene tan gran devoción, prometiendo ayudar y favorecer en todas sus necesidades a cualquiera que en memoria de estos siete misterios dijese cada día siete Padrenuestros y siete Avemarías, y esta devoción usan muchos en Italia, principalmente los Padres Capuchinos".
De aquí nació la piadosa devoción de los Siete Domingos, en que se recuerdan esos siete dolores y gozos de San José, que además del rezo, supone una meditación pausada de los mismos.
Benjamín Martín Sánchez
- Doctor en Sagrada Escritura-