sábado, 13 de septiembre de 2008

“¿Pues qué milagro haces tú para que veamos y creamos en ti? ¿Qué es lo que obras?” (Jn 6, 30). Y en otro lugar le dijeron: “Maestro, queremos ver una señal tuya” (Mt. 12, 38) 

Los fariseos pedían una señal espectacular en el cielo. También hoy se pide que el enfermo recupere el miembro imputado al contacto con la piscina de Lourdes. El científico, en realidad,  no necesita ver crecer una pierna o un ojo. Le es suficiente la reproducción de una sola célula microscópica, para saber que el fenómeno no varía sustancialmente. Pero nosotros queremos algo más, queremos algo rotundo, que nos satisfaga plenamente, como por ejemplo el milagro del Cojo de Calanda.

En efecto, para los que estudian los milagros, el crecimiento de un hueso o la reproducción de carne en un ojo es algo sin explicación,  ES UN MILAGRO ABSOLUTO, pero para nosotros no es suficiente, nos deja insatisfechos. Nosotros queremos algo más evidente y decisivo.

Se sabe que en Lourdes y en otros lugares donde la Virgen se ha aparecido se han dado milagros absolutos, pero a pesar de ello no creemos del todo, porque el milagro no quita las oscuridades. ¿Por qué no hace la Virgen un milagro asombroso que obligue a CREER sin dudar a todos?  Es la pregunta de Conchita de Garabandal a la Virgen, es la pregunta mía cuando quiero que todos conozcan a Dios y se salven, es la pregunta de aquella generación a la que el Señor llamó “perversa y adúltera” (Mt. 12, 39)

“En la gruta –decía un escritor librepensador- hay muchas muletas, pero ninguna pierna de madera” En Lourdes se han dado muchos milagros absolutos, pero discretos, sin la espectacularidad que tanto nos atrae.

La respuesta a esto es clara: Dios no nos quita el mérito de la fe. En realidad, el milagro del cojo de  Calanda es la excepción que confirma la regla. La mayoría de las veces, los milagros son silenciosos, sin aparatosidad. Hay pruebas suficientes para creer, pero no con tanta evidencia como para imponerse al incrédulo de mala fe. Dios propone la fe, pero no la impone. Mientras dura la vida terrena Dios aparece y desaparece. Mientras dura la vida mortal “vemos como en un espejo” -dice San Pablo- de forma confusa; sólo entonces –cuando se rasgue el velo más allá de la puerta de la muerte veremos “cara a cara”  (1 Co. 13, 12)

Se diría que Nuestro Señor Jesucristo ha elegido el dar suficiente luz a quien quiere creer y suficiente sombra a quien no quiere creer. Dios juega al escondite con nosotros para hacer meritoria nuestra fe, y poder perdonar, usando de misericordia, con los que no creen. Por eso no hace un milagro espectáculo. Si lo hiciera, si se descubriera totalmente: 1º no tendría ningún mérito el creer en Él; y 2º condenaría al incrédulo de mala fe por negar la evidencia.

El hombre necesita de los milagros, pero necesita también de la fe. Si no se descubriera en absoluto no habría fe. Si se descubriese del todo no habría mérito.

“El justo vivirá de la fe”, y esto implica una apuesta de confianza por nuestra parte. Adhesión a la verdad revelada, junto con riesgo.  Necesitamos de Dios, sin quitarnos Él la libertad de poder dudar al no ser clara la evidencia.

Es esta última palabra –libertad- la que puede hacernos intuir el plan de un Dios “que ha puesto en toda verdad una apariencia contraria, para que sea posible creer en Él, y al mismo tiempo dudar de Él. Sólo un Dios que se propone con signos, indicios, huellas y trazos, y que no se impone, apareciendo fulgurante en Su gloria, puede instaurar con sus criaturas una relación libre y no una dependencia necesaria.



DE LA CONGNOSCIBILIDAD DE LOS MILAGROS

A priori hemos de pensar que si Dios hace un milagro para confirmar una verdad, como puede ser la santidad de una determinada persona, o la realidad sobrenatural de una aparición, etc., significa que dicho milagro puede ser signo cierto de ser conocido debidamente.

Ahora bien, para que un milagro pueda ser conocido debidamente y considerarse como criterio de revelación, se requiere que se puedan conocer con toda certeza cuatro verdades: verdad histórica, verdad filosófica, verdad teológica y verdad relativa.

La Verdad histórica del milagro consiste en conocer que tal hecho tuvo lugar ciertamente. Documentos médicos, testigos dignos de crédito que avalan la enfermedad y posterior curación. Es fácil el contar que la Virgen o el Señor se me han aparecido y me han curado, pero no siempre es fácil el poder comprobarlo con certeza por terceras personas, salvo que exista un signo sensible que así lo avale.  El hecho sensible debe afectar a nuestros sentidos externos, pues de lo contrario no sería signo de revelación.

2º La Verdad filosófica del milagro es conocer con certeza que tal hecho supera la causalidad de los agentes creados. Nadie, salvo Dios, puede crear de la nada, poner un hueso o carne viva donde no existía antes nada. Es decir, se trata de un hecho sensible que trasciende las leyes de la naturaleza. Hay milagros a veces, que son de tal naturaleza que superan las fuerzas de todos los agentes creados, como por ejemplo la resurrección de un cadáver. Son milagros absolutos, de primer orden. Otras veces, aun cuando el milagro no parezca superar las fuerzas de todos los agentes creados, sin embargo, el modo de su realización, a todas luces desproporcionado, supera todas las fuerzas creadas; así por ejemplo: la curación de una enfermedad grave por el solo imperio de la voluntad, o por el contacto de las manos; evidentemente no hay proporción alguna entre el acto de la voluntad y la curación.

La Iglesia cuando ve que el efecto (por ejemplo la curación) no supera la capacidad de todos los agentes creados naturales, suele tener en cuenta ciertas circunstancias, como por ejemplo el fin, la persona que ha hecho el milagro, el modo de obrar, etc..

3º Podemos conocer con certeza la Verdad teológica del milagro, pues algunos milagros solamente los puede producir Dios como causa eficiente, como por ejemplo la resurrección de un muerto; y en cuanto a los otros efectos, menos espectaculares, podemos fácilmente conocer que proceden de Dios atendiendo al fin del milagro, a los medios que emplea el supuesto santo o a otras circunstancias, como por ejemplo los efectos buenos que de ellos se siguen.

Conviene decir que Dios puede ser el autor del milagro, bien como causa eficiente (lo hace Dios directamente) bien como causa moral (cuando lo hace el Ángel como causa instrumental), pero en realidad procede de Dios, ya que es Dios quien lo manda hacer o quien lo hace por medio de la oración o acción del Santo. Por eso hay santos, como San Martín de Porres o San Pío de Pietrelcina, que decían que ellos eran sólo testigos de la bondad de Dios. Hablaban con toda propiedad, y huían molestos de los que los veneraban en vida por esas cosas milagrosas de las que no se consideraban en absoluto autores.

4º Podemos, por último, conocer con toda certeza la Verdad relativa del milagro, porque el legado de Dios puede proponer el milagro, que va a realizar, como un sello de su doctrina, o como una señal probativa o confirmativa de su legación; esto lo puede hacer o con palabras explícitas o equivalentes; si, pues, el legado pide a Dios una señal que confirme una cosa u otra, y Dios la da, es evidente que Dios usa del milagro para confirmarla; decir lo contrario equivaldría a hacer a Dios autor de un error invencible.



Publicado por mariamensajera @ 17:32  | Artículos
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