En el pasado mes de septiembre, tuvimos en La Pardina un nuevo cursillo. Más de 70 personas pudimos ser testigos de la gracia inmensa que el Cielo nos dispensaba de la mano de su celestial instrumento: Mirella Pizziolli.
El capellán fue el padre Antonio Ruiz, L.D, que nos habló, en esta concreta ocasión, del Purgatorio, de la razón misericordiosa de esta verdad de fe. Al cielo no entra nadie que esté manchado, nos decía. Al morir seremos examinados –como dice San Juan de la Cruz- de la caridad. Nuestra existencia cristiana debe estar construida sobre un único cimiento: Cristo Jesús. No podemos poner ningún otro fundamento que el que ha sido puesto por Jesucristo, que es el único que nos salva. Pero mire bien cada uno lo que pone encima de este fundamento o qué doctrina enseña o si se busca a sí mismo y no la pura gloria de Dios. Mire cada uno si edifica con oro, plata o piedras preciosas, o si edifica con madera, heno, paja o papel. Lo que ha hecho cada uno saldrá a la luz el día de nuestro juicio privado, y será el fuego quien ponga a prueba la calidad de cada construcción. Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa, mientras que aquel cuya obra quede abrasada sufrirá el daño. No obstante –dice San Pablo a los Corintios y el Papa en la Encíclica SPE SALVI- él quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego. (1 Cor. 3, 12-15).
Cristo es juez y salvador. El fuego de Cristo es su misma mirada. Ante ella toda falsedad se deshace y queda descubierta. Pero con el sincero arrepentimiento de nuestros pecados -arrepentimiento doloroso por un lado, aunque lleno de gozo y de esperanza por otro-, lo impuro o malsano se nos presentará con toda claridad para aborrecerlo. Dios nos sanará –esto es el Purgatorio- a través de una transformación, ciertamente dolorosa, “como a través del fuego”.
El Padre dio la teoría, para que luego Mirella lo confirmara dulcemente con ejemplos, todo ellos muy amenos e interesantes. Nos contó el ejemplo de aquella mujer que nunca había amado a nadie, que era muy racionalista, autoritaria y con dinero, que no necesitaba de nada ni de nadie, pero que se salvó milagrosamente del infierno por una limosna, un acto sincero de amor, que hizo con un niño necesitado, al darle de comer. Aquel caritativo gesto ocasional la salvó, pero ahora ella estaba en el Purgatorio sola, mendigando amigos, sin dinero, y sin ternura de nadie. Le pedía a Mirella amistad, que fuese ella su amiga y que orase por ella.
También nos habló de los Ángeles, de su belleza, de cómo nos ayudan y nos aman. Ellos le hablaban de que el Cielo es armonía, que lo que nosotros llamamos desgracia, para ellos es gracia, que ellos no utilizan nuestro lenguaje humano, como muerte o vida, sino vida temporal, y vida extratemporal. La muerte para ellos no existe, es como la caída de un velo, donde se verá lo que ya existía. La muerte para ellos es el paso de un estado bueno (la tierra en cuanto creada por Dios tiene su belleza) a otro mejor y para siempre.
Oír a Mirella es como recibir noticias celestiales que llegan a nuestra alma como un canto angélico. Ella no nos habla del futuro apocalíptico, sino de lo que ocurre y existe en el alma del que parte de este mundo, después de lo que nosotros llamamos muerte. Ella nos habla de la armonía del universo, del amor de nuestros difuntos que han pasado a la eternidad y que nos siguen amando, intercediendo por nosotros, así como del amor que Dios nos tiene.
Muchas personas se emocionaron, y lloraban, al sentir cerca de ellas a sus seres queridos. Uno sintió a su cónyuge fallecido, otro a su padre, otros a la Virgen María o al Padre Pío. Varias personas nos confirmaron y aclararon después, dando alguna de ellas notorio testimonio, de la verdad de lo que Mirella decía. Ella afirmaba, por ejemplo, que veía a una mujer con muchos niños que nunca habían visto la luz por interrupción voluntaria de sus madres. Esta mujer no era la Virgen, sino una persona que había sido una defensora a ultranza de la vida, Presidenta de la Asociación Pro Vida de una concreta ciudad de la región de Valencia, y que había luchado porque las prostitutas no abortaran. Parece que cuando murió, según nos dijo su marido, en la prensa del lugar, se dijo: Ahora descansará con aquellos niños que no pudo salvar, y ciertamente –a juzgar por lo visto- es así. Esta mujer, junto con muchísimos niños no nacidos, se presentó en visión a Mirella, la cual no sabía nada de la existencia de dicha persona, y tan sólo señaló como curiosidad que venía acompañada de muchos niños abortados, los cuales no censuraban ni juzgaban a sus verdaderas madres. Entendemos que fue la prueba que nos dio el cielo, para que pudiéramos creer en la realidad de sus enseñanzas celestiales.
NACE UNA NUEVA EPOCA PARA LA PARDINA
El primer cursillo de la Pardina fue el 23-25 de noviembre de 1984. Don Francisco consideró aquel inicio, de época de gozosa, haciendo un paralelismo con los misterios del Santo Rosario. En aquel primer cursillo, la Virgen se apareció y dijo: “Hoy es un día muy grande. Fíjate en breves días cuántos os habéis reunido, viniendo de ciudades lejanas” (52 exactamente). Y añadió: “Llegará un día que serán miles y miles los que acudirán a Mi llamada”
Pero de la época gozosa, con Don Francisco Sánchez-Ventura Pascual y Don Miguel González-Gay i Doménech, pasamos a una época dolorosa, “por culpa –son palabras del propio Don Francisco- de un sacerdote que pretendía arrebatarnos la obra encomendada y que tuvo la habilidad de arrastrar a muchas personas que dejaron de volver ”.
María Asunción Mantecón, familiarmente llamada Cunini, viuda de Miguel González Gay y madre de Sergio González Gay, nos lo había advertido, dice Don Francisco, en un escrito que “casualmente” hemos encontrado. Ella, mientras venía a la Pardina con su marido, escuchó la siguiente advertencia de la Virgen: “Os voy a mandar esta vez una legión de ángeles para protegeros en esta ocasión, porque esta vez el enemigo va a atacar desde dentro”, y atacó.
La época dolorosa de La Pardina, de triste memoria, separó a Miguel de Don Francisco. En esta época dolorosa alternaron las luces con las sombras, a juzgar por lo que personalmente presencié. Don Francisco, escribió: “Reconocemos, no obstante que en todas las obras de Dios, el enemigo acude siempre para crear la máxima confusión posible, hasta lograr desacreditarlas y destruirlas, si fuera posible, por lo que en la Pardina vimos también claras y grandes intervenciones del Diablo”
Y de esta época dolorosa, donde hubo cosas buenas con otras menos buenas, dijo: “El demonio, de alguna forma, tiene que intervenir, y especialmente introducirse en la mente de los que se consideran entendidos en la materia, pues ya lo anunció el Señor cuando dijo en su Evangelio: “Me manifestaré a los humildes y sencillos, y no a los sabios y prudentes”.
Que mi padre distribuía la Pardina en tres épocas, lo demuestran estas palabras suyas que conservamos: “…en la Pardina empezamos viviendo una etapa gozosa para entrar, a continuación, en otra dolorosa… hasta acabar consolidando la historia en la que bien podemos calificar ahora de época gloriosa, con acontecimientos que encajan seguidos como los misterios del Rosario”.
Quiero decir, como hijo, que mi padre –en mi modesta opinión- se equivocó en el cálculo, porque entre los misterios dolorosos y gloriosos, Juan Pablo II (Vicario de Cristo) incorporó al Santo Rosario los misterios luminosos. Fue entonces cuando empezó el orden y la luz en La Pardina, y con ello el vivir el mensaje de la Virgen de Fátima, a la que Juan Pablo II tanto quería. Las personas, hastiadas de tanto mensaje del futuro y de tanto vidente desviado, dejaron un poco el conocimiento de libros apocalípticos, y empezaron a crecer en santidad, esforzándose en hacer oración, ayuno y vigilias. Comenzaron a poner los ojos en el amor de Dios, viendo al posible instrumento más como a un hermano con carismas que como a un ídolo a alabar.
Actualmente los cursillos los llamamos mariano-eucarísticos, porque procuramos que el Santísimo esté expuesto la mayor parte del tiempo, y donde el silencio en la capilla es la nota más destacada con relación a los primeros cursillos, donde la propia Virgen, desde el primer mensaje de aquel célebre 25 de noviembre de 1984, había dicho: “Cuando mi Hijo está en el Sagrario no debéis de hablar en voz alta…”, y con delicadeza de Madre, para que nadie se sintiera triste, añadió: “…pues os oye igual desde el silencio de vuestros corazones. Ánimo, mis pequeños. Seguid adelante, que ninguno se quede atrás. Quiero que salgáis de aquí contentos”
La historia termina con la etapa gloriosa, que entendemos es la época del Espíritu Santo, y creemos que esta etapa se inició en el cursillo del 9 al 11 de mayo 2008, donde precisamente el 11 de mayo, aniversario de la muerte de Miguel González-Gay, la Iglesia celebró la Solemnidad de Pentecostés, y recibimos en aquella ocasión grandes gracias, consolidadas y confirmadas en este último cursillo de septiembre.
Fíjense cómo todo cambia de aspecto en los misterios gloriosos del Rosario, en la vida de los apóstoles, después de resucitar Jesucristo, en la Ascensión y sobre todo con la Venida del Espíritu Santo o la Asunción de María. No es que desaparezcan el mal o la tristeza. ¡No! Las había y muy grandes. No es que desaparezcan las infidelidades o las incomprensiones. No. Existen miserias después de la Resurrección gloriosa del Señor, pero ya no hacen daño. Es la etapa gloriosa de luz y de fortaleza. Es un ambiente –como el que vivimos el pasado mes de septiembre en La Pardina- lleno de paz, obra de la virtud de Cristo.
El Señor conoce esas miserias y esas infidelidades nuestras, pero las ve con ojos de ternura y condescendencia. Y esa ternura se ve hasta en los momentos que reprende, como a los discípulos de Emaus. Los mismos apóstoles se sienten transformados porque veían sus faltas y las faltas de sus compañeros como envueltas en la luz gloriosa de la Resurrección de Cristo. Las veían con la confianza de que Cristo las iba a sanar.
Y es un poco lo que ha pasado en la Pardina, en el último cursillo con la presencia de Mirella, voz del Señor, donde hemos tenido la vuelta de aquellos que se separaron de la Pardina en la época dolorosa, con varios de sus representantes más destacados.
El verdadero apóstol ve sus flaquezas y debilidades envueltas en ese espíritu propio de los días de Pentecostés. Es este espíritu de sencillez, propio de la caridad de Cristo, el que hubo en la Pardina y que debemos mantener: espíritu de bondad, de delicadeza, de humildad y de condescendencia, trabajando unidos para que todos sean felices: los que lo merecen y los que no. Pero no olvidemos que si falta ese espíritu de sencillez, muere la caridad. La sencillez evangélica se practica en una comunidad cuando nadie tiene miedo a que conozca lo que verdaderamente es. En la época de los primeros cristianos todos se amaban. Todos se conocían y se aceptaban. Todos se abrían el corazón. Y aunque veían sus miserias, eran miserias sin amargor.
Decir también, que esta época gloriosa o del Espíritu Santo, no quiere decir que no vayamos a ser atacados por el mundo laicista. Antes al contrario, recordad que cuando los apóstoles y primeros discípulos fueron bautizados con fuego por el Espíritu Santo, fue precisamente cuando empezaron las persecuciones y los martirios contra ellos por parte de Herodes, el Sanedrín, el pueblo pagano y Nerón, pero estas pruebas sangrantes y purificantes no podrán separarnos ya del amor de Dios; antes al contrario, si Dios exigiese de nuestras personas el dar la sangre por Cristo, sería la mejor señal de que el triunfo de la Iglesia y la renovación del mundo no estarían lejos.
Como dice el libro del Apocalipsis: Estos que van vestidos de blancas vestiduras, ¿quiénes son, y de dónde han venido?
Todos éstos que ciñen llameantes laureles han venido del fondo de la tribulación. Todos éstos lavaron sus vestidos de boda en los ríos de sangre del Cordero de Dios
Son las gentes con hambre que jamás tendrán hambre, los sedientos que nunca sentirán ya la sed. Los abreva el Cordero con el agua de vida, los asume en su muerte; resucitan con él.
Han venido del llanto para ser consolados; han salido del fuego y han buscado el frescor. El Señor les enjuga con sus manos las lágrimas, con sus manos les guarda contra el fuego del sol. (Apoc. 7, 13-17)