miércoles, 05 de noviembre de 2008
El tema es interesante, y puede ser muy eficaz si creemos en ello. En la Biblia están todas las respuestas a nuestras preocupaciones. Los hechos históricos que aparecen en la Sagrada Escritura son palabra viva de Dios.  No son por tanto letra muerta, algo que ocurrió hace mucho tiempo y que ha quedado obsoleto en un libro sagrado. Tampoco son sólo hechos para contemplar admirados desde un sillón de nuestra casa. Aunque esto sea bueno. ¿Lo que Dios hizo un día por su pueblo no podrá hacerlo hoy? ¿No habrá quedado consignado en la Biblia precisamente para que sirva de pauta a nuestro actual comportamiento?
 
Los israelitas conquistaron Jericó, una empresa ardua, siguiendo las indicaciones dadas por Dios Nuestro Señor a Josué. Ellos creyeron en la Palabra viva de Dios y vencieron. Tenían que dar una vuelta a la ciudad de Jericó durante seis días, y en el día  séptimo dar siete vueltas, llevando delante el Arca de la Alianza y tocando los sacerdotes las trompetas del jubileo. Lo hicieron así y las murallas de Jericó se desplomaron (Jos. 6, 1-5)

¡Hagan los lectores de María Mensajera un Jericó! ¡Verán cómo funciona! Los muros del pecado se desplomarán.  ¿No cedió el bastión de Jericó frente aquellos pobres hebreos minoritarios? Hay que orar y alabar al Señor, mientras damos vueltas a la manzana donde se encuentra el foco de pecado que queremos destruir. Se puede ir rezando el rosario, durante siete días consecutivos, y mejor si viene con nosotros algún sacerdote, en especial el día séptimo, dirigiendo él la oración, después de habernos celebrado misa (con lo que llevaremos al Señor Sacramentado en nuestro pecho).

Cuenta Sor Emmanuel, en su último libro (El Niño escondido de Medjugorje), que en una aldea de Provenza, algunas familias cristianas se preocupaban ante el anuncio de un concierto de hard-rock de un conjunto de dudosa reputación. Sus contactos con la droga, y toda la secuela de males que dejaban tras de sí, hacían que estas familias temieran lo peor.

“Hagamos un Jericó”, declaró una de las familias. Ya que sabemos dónde la banda montará su podio, nos turnaremos y rodearemos toda la zona rezando durante siete días…

De hecho, así lo hicieron. El séptimo día, bajo un espléndido sol de julio, llegan los camiones con su cargamento. Los martillazos comienzan a resonar hacia la salida sur de la aldea y un gran escenario es montado en tiempo récord. Algunos instrumentos musicales emergen de sus grandes baúles y el audio es conectado, emitiendo sus disonancias a modo de publicidad por todo el pueblo. Ya comienzan a formarse pequeños grupitos de jóvenes alrededor de los técnicos, haciéndoles mil preguntas. La velada y la noche se anuncian calientes ¡lo vamos a pasar de maravilla! El grupo de los orantes también sigue al pie del cañón, continuando su vigilia silenciosa.

“¡Señor, te damos gracias por todo lo que harás para proteger a tus hijos! Confiamos en Ti”, decían. Cuando pidas, pide con confianza, sin vacilar, como si ya hubieras recibido, dice el Señor en el Evangelio

Micrófonos, baterías, todas las ramificaciones de la sonorización pesada están ahora montadas. El tiempo no puede ser más clemente: cielo bien despejado, gran calor que descenderá algunos grados durante la noche…. ¡Ideal para un concierto! Alrededor, vendedores ambulantes demarcan sus territorios y despliegan sus tesoros. “Esta noche va a ser un negocio”, piensan con cierta lógica satisfactoria.

Los vendedores de droga están al acecho, y los buscadores de aventuras tienden sus redes…

“¡Señor, tu misericordia es infinita! Ves a todos estos jóvenes, a tus hijos; gracias por lo que tu corazón de Padre inventará para librarlos de esto.”

El sol está aún en su cenit cuando uno de los jóvenes de la operación Jericó codea a su vecino: ¿Has visto la nube? Mira, ¡allí!

Efectivamente, aquella pequeña nubecilla insignificante  creció a la vista de todos y, en un tiempo récord se transformó en una enorme masa negra. Los técnicos y los artistas mudaron de aspecto, se los veía preocupados. Y tenían motivos de qué inquietarse, pues, en menos tiempo del que se requiere para contarlo, una lluvia torrencial cayó violentamente sobre el poblado. Un verdadero diluvio, totalmente imprevisible. ¡”Cielo despejado” había, sin embargo, anunciado el servicio meteorológico!

Cundía ahora el pánico en el estadio. Les era imposible desmontar tan rápido, y los instrumentos y el material de sonido se estaban mojando. ¡ catastrófico…!

Años más tarde, algunos miembros de la operación Jericó siguen rememorando el episodio del concierto que hizo agua y no pudo actuar en aquel pueblo. Esto los anima a continuar el combate, pues el Enemigo no ceja cuando se trata de estropear y destruir a los jóvenes. Lo que no impide que Dios, aquella noche, haya demarcado su territorio. Miles de jóvenes fueron preservados y aquel grupo satánico no se anunció más por aquella región.

El hecho puede servirnos para intentar hacer lo mismo en otros sitios y con otros temas.

¿No podríamos hacer lo mismo con las clínicas abortivas en España? 

El mundo se pierde no tanto por la malicia de los que no conocen a Dios, como de la pereza de los que sí lo conocen. Es un problema de amor-fe y de vencer la pereza. No es extraño, por tanto, que la Virgen María se queje en sus apariciones y diga que los dos pecados más grandes sean la blasfemia y la pereza. El que algunas personas con valiente iniciativa, llenas del amor de Dios y con fe,  hayan conseguido con la Operación Jericó tantos bienes, es una prueba de que si lo intentamos nosotros también podremos conseguirlo y evitar en España grandes males que amenazan con hundirla.
   


Publicado por mariamensajera @ 1:32  | Artículos
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