La frase es de San Juan Bosco, y es un grito de libertad ante el apego desordenado o la preocupación excesiva que engrendra la misma obra buena inspirada por Dios. El santo sabía muy bien que las obras –por buenas que nos parezcan- tienen el peligro de materializar nuestro corazón, ofuscar los valores, esclavizar nuestra libertad y angustiar de paso nuestra existencia, que termina por perder la paz.
Con gran acierto, el padre Slavko –que murió en olor de santidad a la sombra de las apariciones de Medjugorje- evocaba un día la manera en que podíamos perjudicar la misma obra de Dios sin darnos siquiera cuenta:
“Cuando Dios nos deja hacer el bien a los demás, y comenzamos a poner en práctica ese don, corremos el riesgo de apegarnos demasiado a nuestra obra”.
Y añadía algunos ejemplos para que no quedase la frase como un simple axioma general sin descender a lo concreto:
“Por ejemplo, tenemos un apostolado, una asociación, un centro, una obra de caridad o de otra índole, que está realmente inspirada por Dios. Pero, he aquí que descubrimos que un don similar le ha sido dado a otra persona y que, ella también, está haciendo mucho bien. E incluso nos damos cuenta de que esa persona hace un trabajo mejor que el nuestro; entonces empezamos a sentirnos molestos. Nos dejamos invadir por un sentimiento de envidia, que nos atormenta y que acaba por transformarse en una verdadera enfermedad. En lugar de alegrarnos por el bien que se está haciendo, estamos tristes y frustrados, porque ese bien no proviene de nosotros. Y tomamos la cosa a mal, llegando a ver al otro como una amenaza para nosotros, al punto de querer incluso destruir su obra. Empezamos a hablar mal de él, a hacer comentarios negativos sobre su apostolado, como queriendo poner en claro que somos nosotros La persona que hace el bien”.
El padre Slavko señala ese cáncer y sus consecuencias negativas para el que la padece:
“Esto puede hacernos perder la paz, hasta al punto de no poder seguir haciendo el bien que nos toca hacer. Así es como después de haber invertido toda nuestra buena voluntad, y de haber hecho una obra excelente, llegamos a menoscabar la obra de Dios.”
“¿Cómo podéis vosotros creer –decía Jesús en el Evangelio- que recibís gloria unos de otros y la gloria que de Dios sólo viene no la buscáis” (Jn. 5, 44)
¡Cuántas personas por temor de perder la gloria recibida, se apean de la verdad, aun después de haberla conocido! ¡Y a cuántas personas no les pone la vanidad en el disparadero de la envidia!
¿Cómo evitaremos este cáncer? Rectificando la voluntad. Es decir: pidiéndole a Dios “que nos dé almas, y se lleve todo lo demás”. O dicho de otra manera: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mt. 6, 33).
Sólo cuando busquemos a Dios y a su gloria en todo lo que hacemos, sin mezclar nuestros propios intereses, desapegándonos de nuestras acciones y de los frutos que producen, porque no nos pertenecen, encontraremos verdadera paz, consecuencia de la gratitud que sentiré por ser instrumento dócil en las manos de Dios.
Si no queremos estropear una buena obra, inspirada por Dios, examinemos nuestros corazones y verifiquemos si somos libres de verdad. Ver si estamos dispuestos a dejar a Dios que tome posesión de nuestra obra en cualquier momento, si esa fuera su voluntad; y comprobar si hay alegría por el éxito de los demás en su apostolado.
Jesús, para animarte a desprenderte de tus apegos menos ordenados, alegrándote del bien que hagan otros, te dice estas palabras:
“Todos quienes honren los dones que entrego a los demás, recibirán los mismos méritos y la misma gloria. Si el adorno nupcial de una persona tiene más brillo que el de los demás, puede llegar a ser tan hermoso aproximándose a ella con un corazón amante”
Me atrevería a añadir, en la misma línea del mensaje, que las personas que se alegren por el apostolado de otros hermanos, “recibirán los mismos méritos y la misma gloria”, sin el riesgo de aquellos de caer en la vanagloria.
Por otro lado, conviene que caigamos en la cuenta que las obras apostólicas son de Dios, no nuestras. Es importante que nos dejemos invadir por el Espíritu Santo, para que sea Dios quien lleve a buen término la obra que se inició por inspiración suya. Para eso hay que orar, pidiéndole humildemente a Dios que nos indique el camino que debemos seguir en todo momento para agradarle a Él y no a los hombres.
Sobre esto mismo la Santísima Virgen le dijo a Vicka en Medjugorje que debemos llevar a cabo tal o cual actividad sólo cuando experimentemos que esa es la voluntad de Dios. “Apacienta mis ovejas”, le dijo el Señor a San Pedro. Los apostolados son de Jesús, no del hombre.
Y la mismo Madre de Dios agregó que muchas comunidades en su inicio nacen de un verdadero deseo del Padre, pero que luego, lamentablemente, los hombres se apoderan de la obra y no permiten que el Padre siga obrando. Atrapados por tantas actividades, no tienen paciencia de pedir al Padre que les muestre el camino y de orar para ver si tal o cual cosa es realmente la voluntad del Padre. Por esta razón, Dios abandona esas obras, que no pueden seguir creciendo, y terminan muriendo. (Pág. 62 del libro “El Niño Escondido de Medjugorje”, de Sor Emmanuel)
Los que empezaron negándose a sí mismos para buscar a Dios, acaban buscándose a sí mismos por el camino del orgullo y de la vanagloria.