martes, 02 de diciembre de 2008
Cuenta el Padre Benjamín Martín Sánchez, fallecido el pasado año, a la edad de 103 años, que en una reunión de jóvenes de 13 ó 14 años, el catequista preguntó: ¿Qué es la Santa Misa? Uno de ellos contestó: “La Misa es un lugar donde nos reunimos para leer”. Otra, dijo: “La Misa es una ceremonia ejecutada por un sacerdote que se reviste con unos ornamentos muy bonitos”. Otro, al que le sonaba la palabra sacrificio, dijo: “La Misa es un sacrificio… para el que va… y tiene que estar allí media hora”. Y hubo otro, más moderno, que dijo: “Yo no voy a Misa, porque no me dice nada”

Al que no le dice nada la misa es sencillamente porque no la vive. Y no la vive porque no la conoce. Y no la conoce, porque no se le ha transmitido convenientemente lo que es, por eso no la ama ni la valora. Se puede amar lo que no se ve, pero no lo que no se conoce.

En la Misa hay dos partes totalmente diferenciadas, dos liturgias: La Liturgia de la Palabra, donde Dios me habla a través de las Sagradas Escrituras. Y la Liturgia de la Eucaristía, donde el Hijo de Dios se entrega a su Padre para glorificarle, darle gracias, expiar  por nuestros pecados, e interpelar ante la Justicia Divina por nosotros. Y una vez aceptada esta ofrenda por su Padre, viene a nosotros y se une conmigo en la Santa Comunión.

Por eso la esencia de la liturgia eucarística comprende y encierra dos santos capítulos: La Eucaristía-Sacrificio y la Eucaristía-Sacramento. Ambos capítulos son inseparables, pero por desgracia son muchos los que los separan, no sin grave detrimento para su vida espiritual. Son muchas las almas, de buena voluntad sin duda, pero sin suficiente instrucción, que van a la Eucaristía sólo para comulgar. Para estas personas el sacrificio como tal no cuenta, y durante el mismo están en espera de la santa comunión, que realizan como devoción privada.

Estas personas se privan de grandes gracias porque quien no aprecia el sacrificio de Cristo en cuanto tal, no será nunca un alma eucarística de verdad, aunque comulgue todos los días.

La Eucaristía-Sacrificio es la Fuente de la Vida Divina. Es la Ofrenda santa que la Encarnación del Verbo hace de sí mismo al Padre. La Eucaristía-Sacramento es el torrente de gracias que mana de esa fuente, un manantial inagotable de sangre del que nosotros bebemos. Podríamos decir que el sacramento es un retorno de amor. Una vuelta de Cristo Resucitado hacia nosotros, una vez hecha la entrega y aceptada la ofrenda por su Padre.

Cristo-Víctima es la misma Hostia en el Sacrificio que en el Sacramento. Pero si la excelencia de la Hostia es idéntica en ambos actos, no es así la calidad del que la recibe. En la Eucaristía-Sacrificio, el que recibe a Jesús es Dios Padre, excelencia infinita. En la Eucaristía-Sacramento los que recibimos a Jesús somos nosotros, un abismo de nada y de miseria.

Sin la entrega previa de Cristo al Padre, no habría sacramento, ni comunión, ni adoración eucarística ni procesión del Corpus. Por eso el acento principal de la Eucaristía hay que ponerlo siempre en la Consagración, porque es en ese momento cuando se renueva, de una forma misteriosa, pero real y actual, el santo sacrificio de Cristo en la Cruz. En esos momentos, si Dios nos abriese el techo y nos mostrase lo que realmente ocurre, veríamos al mismo Cielo, en una gran fiesta, bajar hasta el Altar. Decía el santo cura de Ars, que la realidad del Altar contiene tanta majestad, que si no fuese por el velo del misterio, él no se atrevería a celebrar el Santo Sacrificio, envuelto como está entre los relámpagos del Sinaí y los resplandores del Domingo de Pascua de Resurrección. Y Santa Teresita decía que estaría de rodillas, con la cabeza en el suelo, temblando a distancia del comulgatorio.

Desde hace 21 siglos se ofrece en la Iglesia católica una sola Misa: la del Gólgota. Misa renovada (en el sentido de hacer nuevo). Misa reproducida en todos los altares del mundo. No en representación, como creen algunos cristianos, sino en toda realidad. Es idénticamente el mismo sacrificio, la misma realidad, pero con una elemental y peculiar diferencia añadida: El Altar de nuestras Iglesias es -al mismo tiempo que un Gólgota incruento- un Tabor Glorioso, porque la Víctima, Cristo, ha resucitado. Por eso la Eucaristía es una  fiesta, donde las almas de la tierra y las del cielo nos juntamos en un mismo acto de glorificación infinita.

¿QUÉ HACE JESUS DURANTE LA EUCARISTÍA?
Cristo, en primer lugar, adora, alaba y glorifica a su Padre Dios en el ara del Altar como en el Calvario, como lo glorificó en el Cielo antes que el mundo existiese. Se trata de una adoración divina.

En segundo lugar, Cristo expía. El Santo Sacrificio es primordialmente expiación. Esto también hoy se silencia por parte de algunos. Pero la realidad es que Jesús, la Víctima Inmaculada, el Cordero sin tacha, ofrece su sangre en holocausto de propiciación por nuestros pecados. ¡Su expiación es Divina! Expiación adecuada que el Dios-Hombre ofrece en el altar a su Padre ofendido.

En tercer lugar Cristo hace Eucaristía, esto es, acción de gracias en nombre de todos nosotros. Dicen los santos que sin esta adecuada acción de gracias por parte de Nuestra Cabeza, que es Cristo (Cabeza del Cuerpo Místico), nuestra pérfida y negra ingratitud atraería el rayo de la cólera del Padre.

¡Cuántos de nosotros, por tanto, estaríamos ahora en el infierno, si no fuera por la constante acción de gracias del Señor en nuestro nombre.

Y por último, el Santo Sacrificio de Jesús es impetración. Cristo atrae sobre sus miembros del Cuerpo Místico una lluvia de gracias y de bendiciones como Él sólo puede obtener. Por eso a Jesús lo llaman el Nuevo Moisés, el que ve a Dios cara a cara. Y dicen los santos que Jesús está en el cielo con sus cinco llagas, las fuentes de la salvación, suplicando al Padre en favor nuestro. Por eso una Eucaristía, una sola Eucaristía, glorifica más a Dios que todos los milagros del mundo y que el cantar incesante del coro de los ángeles. ¡No es una mera y hermosa devoción! Como le decía San Jerónimo a San Agustín, en una visión que este último tuvo de aquel: “Es más, mucho más”. Es el gran sacrificio por excelencia. El don de todos los dones. “Oh mujer, si conocieses el don de Dios” (Jn. 4, 10)  “Si al menos tú conocieses en este día el mensaje de mi paz” (Lc. 19, 42). Oh si el Señor nos abriese hoy los ojos y nos descubriese esta mina, este tesoro escondido. ¡Qué rico quedarías y qué dichoso serías!

Por la Eucaristía, sacramento de los sacramentos, nos alimentamos de Jesucristo, crecemos en Él, vivimos con Él y nos unimos a Él hasta el punto de quedar en Él transformados. Así se lo prometió el Señor a San Agustín: “Soy el manjar de los grandes, crece y me comerás. Pero no me mudarás en ti, como sucede al manjar de tu cuerpo, sino que tú te mudarás en Mí”

Pero al Beato Enrique Susón, le dijo, para evitar el que se comulgase en pecado mortal: “Yo soy un pan de vida para las almas bien dispuestas. Un pan inútil para los negligentes, y para los indignos: una plaga temporal y una ruina eterna”. Por eso nadie debería presentarse a este matrimonio espiritual entre Cristo y el alma de cada comulgante, que es la Eucaristía, sin el vestido nupcial de la gracia.


María Mensajera

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