Los apóstoles, elegidos por Jesús, no eran hombres de letras; pero tenían excelentes dotes naturales.
Es importante que conozcamos y los amemos, pues ellos forman las doce columnas apostólicas en las que se asienta la Iglesia.
El mensaje de la cruz, anunciado por esos apóstoles sin cultura, tuvo una virtud persuasiva que alcanzó a todo el orbe de la tierra. Y observen que se trataba de un mensaje que no se refería a cosas sin importancia, sino a Dios y a la verdadera religión, a una vida conforme al Evangelio y al futuro juicio, un mensaje que convirtió en sabios a unos hombres rudos e ignorantes. Ello nos demuestra que lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
En este artículo no deseo hablar de todos los apóstoles, pero si poner a vuestra consideración y estudio, algunas cosas que aparecen en el Evangelio sobre dos revelaciones hechas a dos concretos apóstoles: Felipe y Bartolomé.
Del Apóstol Felipe se dice que era un hombre franco, sencillo, sin doblez y un poco tímido. Jesús lo encontró y le dijo: “Sígueme” (Jn. 1, 43). Felipe era de Betsaida, de la misma ciudad de Pedro y Andrés. Él fue el que provocó de Jesús una revelación extraordinaria. Si os acordáis, en cierta ocasión, le dijo a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn. 14, 8). Era una petición similar a la que aparece en libro del Éxodo. Allí se nos narra la petición que había hecho Moisés en el desierto a Dios, cuando le pidió: “Déjame ver tu rostro” (Ex. 33, 18). El rostro de Dios es su gloria. “Mi rostro –le dijo el Señor a Moisés- no lo puedes ver” (Ex. 33, 20). A Moisés, si os acordáis, lo puso en la hendidura de una roca, sobre la que pasaría Dios con su gloria. Mientras pasaba Dios le cubrió con su mano y sólo al final la retiró para que viera su espalda. “Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás” (Ex. 33, 23).
“Este misterioso texto – dice el Papa actual- ha desempeñado un papel fundamental en la historia de la mística judía y cristiana. Es precisamente a partir de este texto donde se ha intentado establecer hasta qué punto puede llegar el contacto con Dios en esta vida y dónde se sitúan los límites de la visión mística”. (Jesús de Nazaret, pág. 27)
Moisés habla con el Padre como con un amigo, pero no puede ver su rostro, aunque se le permita entrar en la nube de su cercanía y hablar con él.
Sin embargo Jesús le reveló entonces a Felipe que Él es la imagen viva de su Padre, es decir, que Él es su rostro, por eso le contestó: “Llevo tanto tiempo con vosotros ¿y no me conoces, Felipe? (Jn. 14, 9)”. Y añadió: “El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en Mí? (Jn. 14, 10)
Y el Apóstol San Juan lo confirma al iniciar su Evangelio con las siguientes palabras: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn. 1, 18)
“QUE ÉL LES MUESTRE SU ROSTRO”
No deja de ser curioso y providencial, que cuando estábamos confeccionando el presente artículo para María Mensajera, leamos el mensaje de la Reina de la Paz del 25 de julio, en donde Nuestra Madre nos manifiesta que si anhelamos con nuestra oración y nuestro trabajo a Dios Creador “Él nos mostrará su rostro y nos dará la paz”:
La doctrina de Jesús -dice el Vicario actual de Cristo- no procede de enseñanzas humanas, sean del tipo que sean, sino del contacto inmediato con el Padre, del diálogo “cara a cara”, de la visión de Aquel que descansa “en el seno del Padre”
Felipe se encontró con Bartolomé y le dijo sin respeto humano alguno: “Hemos encontrado al Mesías, a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas. A Jesús, hijo de José, de Nazaret”. (Jn. 1, 45).
A Bartolomé, que era un buen israelita, le sorprende la expresión de Jesús de Nazaret, sabiendo que las Escrituras no hablan de esa ciudad como cuna del nacimiento de ningún profeta, y le replica, no exento de cierto humor sajón, la siguiente objeción: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Pero, a pesar de su simpática pregunta, no se opone a conocer al Profeta que según Felipe era el que habían dicho las Escrituras, en concreto a Moisés, “que el Señor, tu Dios, suscitaría un profeta como Yo”, y donde la verdadera característica de ese anunciado y esperado Profeta era que trataría a Dios cara a cara como un amigo habla con un amigo.
Vio Jesús a Bartolomé, cuando venía hacia sí, y dice de él: “He aquí un verdadero israelita, sin astucias ni disimulos”. Dijo éste: “¿De qué me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”.
Nada nos dicen las Escrituras de lo que Bartolomé estaba haciendo en la higuera, pero suponemos que Cristo, con estas palabras, le está dando una prueba misteriosa de que Él es el Mesías anunciado por los Profetas, el Hijo de Dios, el rey de Israel, el rostro del Padre. Algo misterioso debió ocurrir en aquella higuera, algo trascendental relacionado con Dios y su Mesías. Probablemente se trataría de algún episodio específico sobrenatural, quizá algún sueño profético (Bartolomé tenía sueños, según Alan Ames) en el que Bartolomé se viera debajo de una higuera, significando con la higuera el Nuevo Israel (la Iglesia) que el Hijo de Dios iba a formar con él como columna y varón apostólico. Esto no podemos afirmarlo como cierto, ciertamente, pero la respuesta de sorpresa de Bartolomé nos invita a considerar como posible nuestra reflexión. Recuerden que cuando el Señor le dijo que lo vio debajo de la higuera, el apóstol admirado y fuera de sí, le respondió:
“Rabbí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el rey de Israel”
El Señor, no queriendo llamar la atención curiosa de los otros discípulos presentes, descubriendo así la intimidad secreta de Dios con Bartolomé, aparentó quitar importancia a sus propias palabras divinas, y le dijo: “¿Porque te dije que te vi debajo de la higuera crees? Verás cosas mayores que éstas” (Jn. 2, 50). Y añadió -ya para todos los apóstoles- este juramento:
“En verdad, en verdad (un juramento) os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn. 1, 51)
Esta promesa extraordinaria de Jesús tiene que estar por lógica en el mismo orden de importancia que la revelación en sueños que le había dado antes a Bartolomé en la higuera, de lo contrario el episodio de la higuera no tendría mucho sentido y carecería de interés total.
En efecto, algo grandioso debió ocurrir en aquella higuera, símbolo de la Iglesia, para que el apóstol clame lleno de júbilo que aquel Hombre, hasta entonces desconocido, era el rostro de Dios, el rey de Israel, el Profeta del que habían hablado las Escrituras, superior a Moisés, que hablaría con Dios Creador cara a cara. El que salvaría a su pueblo (la Iglesia) del Faraón (el demonio), protegiéndolo de males en el desierto de esta vida, para introducirlo finalmente en la tierra prometida (el cielo).