¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Es un misterio. Porque Dios ha tenido de ti misericordia, y te ha dado el don de la fe, el don de la vocación, el don de tener una comunidad que reza por ti? Son muchas las personas que en su interior se hacen estas pregunta. ¿Por qué me ha elegido a mí y no al otro?, ¿por qué se sirvió de mí y no de aquel que estaba más preparado y era mejor persona? ¿Por qué me dio a mí la gracia de la conversión y no a los otros?. Y algunos creen saber el por qué.
¿Fue por las oraciones de mi madre?, dice alguno. ¿Fue quizás por aquél acto de caridad o de misericordia que tuve con el prójimo necesitado?, cree el otro. ¿Fue por la santidad de alguna persona oculta, que con su donación me alcanzó la Misericordia de Dios?... En oraciones anónimas de terceras personas, decía F. Sánchez-Ventura, suele estar la razón formal de muchas de esas conversiones impresionantes.
Y decía “suele estar”, porque la realidad es que no tenemos certeza mientras estamos en la tierra de porque Dios me amó sin merecerlo, ni porque me eligió para esto o me llamo a su Iglesia para lo otro..., pero a veces Dios hace excepciones y permite que nos enteremos. Es el caso que ahora vamos a relatar.
Cuando murió el Obispo de Maguncia, Mons Ketteler, pudimos leer en L´ Obbservatore Romano el siguiente testimonio, que por su belleza e interés, nos permitimos reproducir.
En uno de sus viajes, Mons. Keteller celebró la Santa Misa en un colegio de religiosas. Al darles la Comunión, cuando se acercó una de las últimas monjas, se conmovió profundamente, a duras penas pudo contener la emoción y acabar la Santa Misa.
Antes de marcharse manifestó a la Superiora de saludar y despedirse de las religiosas. Fue hablando con cada una y pensando: “No es ésta..., no es ésta...”. Preguntó si faltaba alguna. Y la superiora le respondió que sí: faltaba la cocinera. El Obispo dijo que le gustaría despedirse también de ella.
Cuando la vio delante se dijo para sí: “Ésta es”. Hablando con ella, le preguntó si rezaba mucho. Y ella, con sencillez, le respondió: “No puedo rezar mucho porque siempre estoy ocupada. Lo que sí hago es ofrecer el trabajo del día. Y, para estar más atenta, ofrezco la primera hora del día por el Papa; la segunda, por los padres de familia; la tercera por los Obispos... y la última del día, cuando mayor es el cansancio, por los muchachos a quienes Dios quiere sacerdotes, para que escuchen atentamente y responda “sí” con generosidad”.
Cuando la hermana cocinera se marchó el Obispo le contó a la Superiora su historia, con el compromiso de guardarla en secreto mientras él viviese.
“Había un joven de dieciocho años, con dinero, ya que pertenecía a una familia acomodada económicamente. No pensaba más que en divertirse.
Una noche, mientras estaba bailando, de repente vio delante el rostro de una monja que rezaba por él y miraba fijamente su alma. Impresionado, se marchó del baile.
También él se miró y encontró su vida vacía. “Entrando dentro de sí mismo...” (Lc 15, 17), reflexionó y se dijo: ¿Qué querrá Dios de mí?.
Poco después ingresaba en un seminario. Se ordenó sacerdote. Más tarde fue consagrado Obispo. Y ahora está hablando con usted.
Hoy al distribuir la Comunión, he reconocido el rostro de aquella religiosa que vi en mi juventud: es la hermana cocinera.
No le diga nada de esto. Ya verá en el Cielo los frutos de su trabajo. Pero anímela mucho a que siga siempre ofreciendo esa última hora del día por los muchachos a los que Dios llama al sacerdocio, para que sean generosos y digan “sí” al Señor.
Invitamos a nuestros lectores de María Mensajera a que ellos ofrezcan al Señor sus sacrificios para que tantos jóvenes perdidos en el pecado escuchen y sigan la llamada del Señor. La mies es mucha y los obreros son pocos.