Mi?rcoles, 23 de mayo de 2012

La historia que vamos a contar ocurrió en una parroquia de Alaska y así quedó escrita gracias al sacerdote jesuita leonés Segundo Llorente, el misionero del Círculo Polar. El padre Llorente transmitió el testimonio de otro sacerdote del que no sabemos el nombre, pero que según el Padre Llorente siempre fue un modelo de educación y de cordura. Lo que aquel sacerdote contó al Padre Llorente fue que al terminar la misa del gallo, cerró las puertas de la iglesia y se fue a dormir unas pocas horas. El despertador lo puso a las siete de la mañana para que le diera tiempo a recogerse una hora en la iglesia, él sólo con Dios. Se levantó, se vistió y pasó por la sacristía. Allí apretó el interruptor  que daba luz a la nave, abrió la puerta que comunicaba la sacristía con el altar y se quedó clavado, congelado en Alaska. Los bancos de la iglesia estaban llenos de gente, hombres y mujeres, ni un solo niño, que en completo silencio, sentados con decoro y sobriedad, miraban en dirección al sagrario. Cuando recuperó la voz, el sacerdote pregunta con voz trémula que quiénes eran y cómo habían entrado. Ninguna de aquellas personas se molestó en mirarle, ni siquiera cuando pasó junto a un grupo que en el mismo silencio sepulcral contemplaba  el belén junto al sagrario. El sacerdote repitió: “¿Quiénes son?, ¿qué quieren?, ¿quién les ha dejado entrar?. Sólo entonces una mujer que estaba cerca de él dijo: “En Navidad pueden ocurrir las más extrañas cosas”. El sacerdote fue a la puerta y la encontró cerrada por dentro con la única llave que tenía en su bolsillo. Decidido a encontrar una respuesta, volvió para encararse con aquellos extraños, pero ya no había nadie.

Después de muchos años y meditaciones, esos padres jesuitas concluyeron que aquellos extraños penitentes de esa parroquia en Alaska no se habían marchado, sino que eran almas del Purgatorio que seguían allí, que no eran visibles, pero que por alguna razón debían estar frente al sagrario y por alguna muy buena razón, quizá para que se contará, se dejaron ver por Navidad.

Este episodio apareció en Alba, en la semana de Navidad del pasado año 2010, contado por José Antonio Fuster.

Ante este tipo de sucesos, la pregunta correcta no es ¿Quiénes son? o ¿cómo han entrado?, sino:  ¿qué quieren?. Ellos necesitan de nuestras oraciones. Eso es lo que quieren. El poder aparecerse para pedir auxilio y sufragios, aunque sea de forma muda, es una gracia señalada.

Los santos en el cielo, que esla Iglesia Triunfante, nada pueden hacer en expiación y satisfacción de las penas que están purgando las ánimas benditas: todo lo tienen ellas que esperar dela Iglesiamilitante, es decir, de nosotros.

Vivimos de lo que nos han dejado nuestros antepasados y nuestros padres, y sin embargo olvidamos fácilmente lo que les debemos, y cuán vivamente desean ellos nuestra gratitud, y cuánta es la necesidad que tienen de nuestro auxilio. Ellos, cuando Dios les da permiso hablar, dicen: “Padece, sufre, ora, ayuna, da limosna por nosotras, y ofrece por nosotros el santo sacrificio de la misa”. Ellas saben muy bien que no hay sobre la tierra ningún pensamiento bueno, ningún buen deseo formado en obsequio de ellas, que no dé algún alivio a sus penas; pero qué pocos son los que toman parte en su aflicción.

El sacerdote que rece devotamente las horas con intención de satisfacer por las negligencias que todavía no han expiado las ánimas benditas, pueden procurarles mucho consuelo. La virtud de la bendición sacerdotal penetra hasta el purgatorio y consuela, como rocío del cielo, a las almas a quienes con firme fe bendice el sacerdote.

“He visto – dicela Beata AnaCatalina Emmerich- muchos estados de purificación; en particular he visto castigados a aquellos sacerdotes aficionados a la comodidad y al sosiego, que suelen decir: “Con un rinconcito en el cielo me contento: yo rezo, digo misas, confieso...etc...” . Estos sentirán indecibles tormentos y vivísimos deseos de buenas obras. Toda pereza se convertirá en tormento para el alma”

 

BUENO....YA ESTÁN SALVADAS

Contra los que dicen, a mí me lo han dicho algunos suscriptores, “que ya están salvadas, y por tanto que es más necesario ocuparse con nuestras oraciones de los vivos de la tierra”, dejaré que le responda San Ignacio de Loyola a través dela Beata AnaCatalina Emmerich. Ésta nos cuenta lo siguiente:

“Por la tarde pensé que las almas del Purgatorio están ciertas del cumplimiento de su esperanza, mientras que los malos corren peligro de perderse, esta consideración me indujo a rogar por éstos. Entonces se me apareció San Ignacio de Loyola, y me mostró la siguiente visión:

“A uno de sus lados se veía un hombre orgulloso, libre y sano, a quien yo conocía; y al lado opuesto otro sujeto metido hasta el cuello en un pantano, que clamaba y no se podía valer. Este último sacaba fuera los dedos de una de sus manos. Era un sacerdote difunto a quien yo no conocía”. (Los dedos consagrados de los sacerdotes serán conocidos en el purgatorio y aun en el infierno, y arderán con un fuego especial)

San Ignacio me preguntó: ¿A favor de cuál de éstos prefieres pedir auxilio, en el de este joven orgulloso que puede hacer penitencia, si quiere, o en el de este otro que no puede valerse?.

“Yo temblé de espanto con todos mis miembros y lloré amargamente”

Creo que San Ignacio de Loyola ha respondido con un ejemplo palpable a esta disyuntiva nuestra. Es una obra de misericordia, muy del agrado de Dios, el rezar por las almas del Purgatorio, aunque nos las conociésemos, obligación que aumenta por las almas de nuestros antepasados más cercanos.

 

Juan Carlos Sánchez-Ventura Ferrer

mariamensajera@yahoo.es

 


Publicado por mariamensajera @ 12:01  | Art?culos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios